viernes, 12 de marzo de 2010



El sublevado, de Helena Corbellini. Editorial Sudamericana, 2009. 293 págs.

La fragua del héroe


Atravesada por el calor idealista y por el vigor de las circunstancias, la vida de Giuseppe Garibaldi bien pudo haber sido imaginada por un guionista cinematográfico. Sus hazañas heroicas, tanto en América como en Europa, su compromiso con la libertad y el don evidente de un físico apolíneo, contribuyeron a cimentar la leyenda de un hombre que representó, como pocos, el más puro ideal romántico revolucionario. Un personaje de estas características es una presa atractiva para cualquier intento de ficción histórica, más allá del posible oximoron que conlleve esa categoría, y siempre y cuando su autor esté decidido a explorar el complejo entramado histórico que lo tuvo como protagonista. El sublevado, de Helena Corbellini, se anima precisamente a ello, a hurgar en los primeros años latinoamericanos del capitán italiano: su adhesión al conflicto de los farrapos de Rio Grande y sus acciones de corsario, su vínculo con la Masonería y su repudio al sometimiento esclavo, y siempre, inclaudicable, su lucha por sembrar la semilla republicana allí donde todavía no hubiera prendido con firmeza. Para trazar ese recorrido, la autora debió acceder a fuentes de ambas márgenes del Atlántico, sirviéndose, ya en el terreno de lo estrictamente literario, de un personaje femenino que compite en protagonismo con el propio Garibaldi. Pandora Santos, tal el nombre de la dama, es una criolla culta y decidida, hija de una chaná timbú y de un capitán portugués, que se transformará en amante y compañera de aventuras del apuesto libertario. Por sus venas corre tinta e imaginería literaria, pero parece nutrirse de una vida real, la de una mujer evocada en las Memorias de Garibaldi como “la Poetisa”.
La acción transcurre entre los años 1836 y 1838, desde la llegada a Brasil de un Garibaldi perseguido de muerte por el rey del Piamonte, hasta el afianzamiento del conflicto entre Oribe y Rivera, antesala funesta de la Guerra Grande. Los ocho capítulos que estructuran el texto están diseñados en base a correspondencias, diarios personales y documentos varios, en parte apócrifos, en parte reales, donde no faltan las voces de los disidentes Luigi Rossetti, Giuseppe Mazzini y Giambattista Cuneo, o la del mismísimo Fructuoso Rivera. Alternando con ellas, las voces de personajes ficticios como El Maltés, ese amigo de las buenas causas que Corbellini retoma de su novela La novia secreta del Corto Maltés. Esa travesura creativa o pura intertextualidad, asoma también en un bello pasaje, cuando Garibaldi da cuenta de una cacería de ballenas en las costas de Maldonado. Una cacería a cargo de un capitán obstinado, que ha sido mutilado por su mastodóntica presa, y que no dudará en perseguirla hasta el último de sus días. Aun prescindiendo de su nombre, Acab, y del de su barco, Pequod, el lector atento ya habrá podido evocar ese coloso literario llamado Moby Dick.
Nombre fuerte y recordable el de Pandora Santos, tanto como su personalidad. Y un nombre de resonancias míticas pero también, etimológicamente, el de alguien que “todo lo da”. En efecto, Pandora es capaz de darlo todo, o mejor aún, de hacerlo todo –incluso lo más repudiable- por su arrebatado sentimiento. Porque con la misma devoción que los santos evocados en su apellido veneran a Dios, ella hará lo propio con su Garibaldi, salvándolo de la muerte y soñándolo premonitoriamente al llegar a las barrancas de San Gregorio, escapando al fuego de cañón. En su morada solitaria, la joven lo agasaja con mate, pan recién horneado y versos que recita en perfecto italiano. A partir de allí los hechos se suceden veloces, y a Pandora no le temblará el pulso para dar muerte por su mano, travestirse de hombre o embarcarse tras los pasos de su amado. Tampoco para olfatear emboscadas, negociar con gobernadores, o coquetear como una Scarlett O’Hara en un baile de sociedad. Esa ductilidad y el despliegue de astucia que la sustenta, alimentan un personaje por momentos algo afectado, pero siempre funcional a un relato que, si bien novela histórica e incluso, romántica, bien puede ser leído como una novela de aventuras. Prueba de ello es el predominio del viaje, de la travesía, y la sucesión de escenarios, desde una cubierta de embarcación corsaria, hasta el ambiente criollo de la buena sociedad entrerriana, o el fragante y colorido Rio de Janeiro del siglo XIX. Vale en esa reconstrucción el cuidado por el detalle, ya en la presencia de Acuña de Figueroa como un flaneur montevideano y excéntrico, ya en la pintura de esa campaña cuya tierra empezaba a ser purpúrea.
El Garibaldi que aflora en estas páginas es un ser apasionado e inquebrantable en sus ideales, dotado para la acción y el liderazgo, e irremediablemente donjuanesco. Un “ángel” noble y algo ingenuo al decir de Pandora, cuya primera incursión por estas tierras –que incluye la tortura en Argentina- representa quizás el descenso o la catábasis necesaria para fraguar el temple de héroe. Se trata en todo caso de un Garibaldi cuya imagen nunca se adosa a la divisa colorada de nuestra incipiente vida política, una asociación recurrente que el texto no ratifica. Y es que, tal como ha comentado la propia autora, distan de ser abundantes las investigaciones locales sobre el famoso libertario, aun cuando haya tomado como propia la defensa de una Montevideo sitiada durante la Guerra Grande, y aun cuando su nombre no haya estado exento de controversia. No deja de ser valioso entonces, aun desde la ficción, el esfuerzo por recuperar su vida y sus acciones, esas que la memoria guarda henchidas de aventura, como toda gesta fundacional, y sin que el apunte implique ofensa o les vaya en desmedro. Hazañas que, con justicia e imperecederamente, lo han legitimado como el “héroe de dos mundos”.


Por Ángeles Blanco, publicado en semanario Brecha, 12 de marzo de 2010.

viernes, 26 de febrero de 2010


El Noir suburbano, de Hugo Fontana. Casa editorial HUM, 2009. 99 páginas.


Hoover, el lago y las maniobras del olvido


Son pocos los lugares, o mejor dicho los no-lugares, capaces de destilar una soledad tan honda y turbadora como los hoteles. Si se ubican sobre una carretera, envueltos en la llanura y fuera de temporada, el efecto puede ser devastador. Quizás por ello, y por esa suerte de culto a la impersonalidad que rinden sus muros, tantos suicidas los elijan como última morada. Quizás por ello también, esa costumbre tan puritana y tan estadounidense de guardar una Biblia en cada una de sus habitaciones, por si acaso la pena no dé tregua al alma atribulada.
El noir suburbano, última novela de Hugo Fontana, se ubica en un escenario de estas características, un motel de carretera atado a la veleidad estacional y a la rentabilidad turística de un lago. Entre sus muros no se llevó a cabo ningún suicidio, aunque quizás sí se haya detonado la idea, al igual que la del crimen que hizo medianamente célebre una de sus habitaciones. A cargo del negocio, un hombre pasa sus días sin mayores sueños o apremios, en compañía de su esposa y de un perro con nombre de agente de Inteligencia: Hoover. Es parco este señor, mucho. Ha moldeado su aspereza en la administración de una herencia dudosamente bienvenida, este hotel donde cada noche se acuesta con la mujer que parece desdeñar o incomprender, compartiendo los inviernos demasiado largos y el café de la mañana, perdida la vista en la infinitud de la carretera. La amargura emana también de lo inaprensible, de las relaciones efímeras y meramente comerciales entabladas con la gente que va y que viene, peregrinos que arrastran vidas apenas intuidas en los pequeños detalles, en las manchas de grasa de una camisa, o en el diálogo escueto que revela oficios o patrias lejanas.
Sea como fuere, este hombre desapasionado -y brutal-, es el narrador de buena parte de esta nouvelle, casi hasta la mitad, punto donde el lector comenzará a reconocer otras voces, una inesperada polifonía que multiplica perspectivas sobre los hechos y los personajes. Algunos capítulos sostienen un diálogo particular entre sí, retomando frases o pasajes anteriores; una suerte de deja vu o ejercicio anafórico y diestro. La estructura del texto se permite otro imprevisible. Porque si en las primeras páginas, el asesinato de una mucama del hotel conocida como “la uruguaya”, parecía dar con la nota de un claro relato policial, las siguientes hacen añicos esa expectativa, el crimen es apenas un vago telón de fondo. O quizás no tanto. Porque la presencia de un escritor que ha trastornado la vida del dueño del hotel –aunque él lo ignore- reaviva las brasas de la duda, y porque el lector nunca sesga en su intento de aclarar el misterio. Más allá de las cavilaciones, lo cierto es que a partir del crimen, el texto recorre caminos más introspectivos, hurga en la conducta de esos personajes imantados por el hotel del hombrecillo hosco, ahora visto desde otro ángulo de cámara.
Esta opción estructural, donde la historia parece cambiar inesperadamente de rumbo, puede resultar, quizás, algo curiosa. “Una novela escrita a dos manos, con una mano que traiciona permanentemente el hilo de la historia y lo deriva hacia los rincones más oscuros”, reflexiona el escritor inquietante, y quizás quepa en ello alguna lectura entrelíneas. Más allá de ese guiño, fueron sin duda dos las manos que amasaron algunos capítulos finales, uno de ellos dedicado a Álvaro Ojeda, su aparente mentor, y otro claramente a él atribuido, deslizando una nítida complicidad creativa.
Transitando de cabo a rabo la historia, una atmósfera amenazante hace su juego, como una tormenta que se cierne lenta e implacable sobre la planicie. A esa tensión mansa y empecinada, le corresponde una prosa elusiva de ornamentos o prótesis, atributos que no desmienten la admiración de Fontana por la pluma y el pulso carverianos. Esa impronta se extiende a la construcción de los personajes, seres de carne y hueso ocupados en oficios cotidianos, cuando no nimios, soñando sueños pequeños o nulos, transcurriendo sus días a pesar de la vida y sus derrotas, muchas de ellas tramposamente ahogadas en alcohol. Del conjunto, sobresale ese escritor que ha vuelto al hotel para “recuperar un instante”, para “apenas multiplicar las maniobras del olvido”. Un escritor que se sabe sin vigor y sin talento, conciente de que “se escribe para matar al hombre que no quisimos ser, para crear un personaje detestable y enfrentarlo luego a una derrota de la que no se podrá recuperar por el resto de sus días”. Nuevamente, una lectura entrelíneas se hace irresistible.
Perfilando el escenario, el contorno de un espacio inequívocamente asociado al universo simbólico estadounidense, apenas aludido en la referencia a los estados de la Unión, a Daytona o al propio Hoover, a una gasolinera en lugar de “estación de servicio”, a los camiones pesados que recorren las entrañas de la nación arrolladora. La recurrencia a un espacio de acción tantas veces convocado en el cine y la literatura podría resultar una impostura, una prenda a la que se le ven demasiado las costuras, pero no es el caso y cabe agradecerlo. Es probable, en este sentido, que la admiración de Fontana por la narrativa estadounidense se plasme en una historia que no pueda tener mejor escenario que la propia tierra que le dio origen. Quien sabe. Lo que importa es el resultado, el mérito de un texto que se atreve a descolocar al lector, sin ahuyentarlo. El intento de eludir fórmulas y burlar fronteras, operaciones que en literatura son siempre tan subversivas como bienvenidas.



Por Ángeles Blanco, publicado en Semanario Brecha, 26 de febrero de 2010.

lunes, 8 de febrero de 2010


El museo de la inocencia, de Orhan Pamuk. Editorial Sudamericana, 2009. 648 págs.

Desde Estambul, con amor

Es probable que en algún momento de la vida, quizás cuando el tiempo haya hecho su tarea sobre el cuerpo y sobre el espíritu, a cada persona le sea concedido identificar, con total claridad, ese instante perfecto y efímero en el que supo experimentar el más codiciado de los intangibles: la felicidad. Para Kemal Basmaci, el protagonista de El museo de la inocencia de Orhan Pamuk, ese instante ocurrió un lunes 26 de mayo de 1976, cerca de las tres de la tarde, cuando el pendiente de la muchacha que acababa de besar, la bella Fusum, se desprendió de su oreja y saltó por el aire para suspenderse allí, gracioso e inmóvil, hasta ser derribado sobre la tibia anarquía de las sábanas.
Esta nota de melancolía y de precisión milimétrica que recorre toda la novela, da cuenta del estado de ánimo de su protagonista, un joven que sufre todos los síntomas del “mal de amor”, pero llevado al paroxismo, a la más completa obsesión. Tanto desasosiego, que nace de la relación trunca con una prima llamada Fusun, redundará en una tarea a la medida de un perfecto loco enamorado: recolectar aquí y allá, primero compulsivamente, luego bajo un plan, todos los objetos que le recuerden el vínculo con su amada. Labiales, horquillas, publicidades de la época, zapatos, entradas de cine, y hasta las colillas de cigarro donde los labios de Fusum se posaron, son recolectados con amorosa pericia por este fetichista incorregible que, buscando inspiración y consuelo, ha visitado 1.743 museos y ha observado que “tras cada persona obsesionada con recopilar objetos y apilarlos en un rincón subyace un corazón roto, un problema profundo, una herida espiritual difícil de explicar”.
Lo que fluye en todo este planteo es, una vez más en la obra de Pamuk, la auscultación de la sociedad turca y su derrotero histórico, el poderoso contraste entre Oriente y Occidente, la naturaleza de una cultura-bisagra entre ambos mundos. Dentro de las múltiples notas sobre Estambul que, como en una escritura palimséstica asoman en el texto, el lector descubrirá cómo hasta los años noventa, los museos personales, dedicados a albergar objetos de la vida privada, eran una auténtica rareza en Turquía. En contrapartida, y como intentando corregir una falla social, abundaban las “casas basurero”, verdaderos depósitos de la memoria colectiva que no gozaban de buen estatus, ya que en Turquía, al parecer, “…la recopilación no se vive como algo respetable que servirá de aportación a la ciencia y a la educación, sino como una vergüenza que hay que ocultar”. Lo explícito de esa crítica resume, de alguna manera, la complejidad de un país que recién en los años treinta del pasado siglo supo abrazar la modernidad de la mano de Ataturk (literalmente “padre de todos los turcos”), y cuya historia reciente es destilada en varias zonas del texto que señalan sus claroscuros, desde la corrupción del sistema burocrático a la sucesión de golpes de Estado o el machismo sofocante aún en los estratos más permeables a la occidentalización. La autocrítica desemboca a veces en una suerte de honestidad brutal, al comentar cómo en los años setenta, la reciente adopción de la minifalda no calzaba demasiado bien en las poco esbeltas piernas estambulíes. Comentarios así de sinceros, aunque en terrenos infinitamente más delicados, sobre la responsabilidad de Turquía en el genocidio del pueblo armenio, le valieron a Pamuk serias querellas legales en 2004.
Pero sería injusto señalar tanta disonancia sin considerar las deliciosas descripciones de Estambul y de su gente, la belleza de sus parques y de sus esplendorosas ruinas, los sabores dulces y el aroma a café, algas y tilos, su nieve y sus cielos incomparablemente luminosos, y ese río Bósforo que más que separar dos continentes, divide a dos mundos, y que es casi una metáfora de la tensión entre un sector social deseoso de modernidad, y otro temeroso de ser vulnerado en su identidad. De hecho el personaje de Fusum, de condición humilde, es un móvil perfecto para indagar en las tradiciones y en la cultura popular turcas, muchas veces motivo vergonzante para los sectores más poderosos, siempre ansiosos de reflejarse en el espejo de Occidente. Sus pretensiones como actriz en la denostada cinematografía local, Yesilcam, una verdadera industria nacional comparable al Bollywood indio, es un pie ideal para abarcar ese fenómeno de notable peso comercial y simbólico.
Es aquí, entonces, en este retrato de la sociedad turca y sus contrastes, donde el texto encuentra su mayor virtud. Para dar esas pinceladas, Pamuk elige un relato perfectamente lineal y minucioso que guarda todas las claves del novelón decimonónico, ese prodigio tan propio de la modernidad como los museos admirados por Kemal. Sin embargo, algo conspira contra esa armonía entre tema y forma. Algo se diluye en esas 648 páginas donde, por momentos, se incurre en un exceso de la denotación, en una prosa porfiadamente recargada que, en algunos pasajes, termina estrangulando la resonancia, la sugerencia. El problema no está en la extensión, sino en cómo hacer creíble una historia que, en la estereotipada peripecia de un amor irrealizable por las diferencias de clase, existen demasiadas semejanzas con los melodramas de Yesilcam. Es probable, eso sí, que allí quepa un homenaje, no sólo a esa “fábrica de sueños” turca, sino a las clases populares que se dejaron seducir por su artificio. El final, en tanto, inesperadamente abrupto y posmoderno, ayuda a calibrar el conjunto. Porque en la dudosa felicidad que afirma Kemal en la última línea, parece rozarse, tal vez, algo de la amarga belleza que plasmaron los grandes realistas rusos, esos sabios escrutadores de almas, también a caballo entre dos mundos.
Al igual que Kemal, Orhan Pamuk nació en una familia acomodada de Estambul, y tiene prevista en esa ciudad, la apertura de un museo que evoque el amor, una suerte de continum entre la literatura y la vida. Obras como El castillo blanco, Estambul y Me llamo Rojo, le valieron la obtención del Nobel de literatura en 2006, entre otras virtudes, por tender un puente entre Oriente y Occidente. Más allá del peso que esa apreciación pueda tener en la valoración de una literatura, no cabe duda de que en esa hibridación, más que en su temido “choque”, es donde Pamuk ha encontrado su natural sustrato de inspiración, el sello logradísimo de su escritura.

Por Ángeles Blanco, publicado en semanario Brecha, 29 de enero de 2010.

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