jueves, 28 de enero de 2010


Diario, de Hélène Berr. Editorial Anagrama S.A., 2009. 294 págs. Distribuye Gussi.


Desde el nido de la serpiente


Hay libros de cuya lectura resulta difícil salir ileso. Este Diario de Hélène Berr es uno de ellos. Escrito en Francia durante los años 1942 y 43, en plena Ocupación alemana, su autora supo dejar en él una crónica lúcida e inspirada de sus días juveniles bajo el régimen opresor. A exactos setenta años del inicio de la Segunda Guerra, el texto viene a engrosar el nutrido acopio documental sobre un tema que sigue convocando el interés y la relectura, aún desde el arte, dato que se confirma al dar un rápido vistazo a la cartelera cinematográfica reciente, con títulos tan diversos como El lector, basada en la novela de Bernard Schlink o Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino.
El alma que se desnuda en cada párrafo es delicada y aguda, algo ya percibido en las primeras líneas del texto, en ese estado de “semiensueño” con el que Hélène camina por las calles de su ciudad, París. “Ejemplar de la señorita Hélène Berr. Al despertar, tan suave la luz y tan hermoso este azul vivo. Paul Valéry” reza en la envoltura del libro que lleva entre sus manos, y que acaba de recoger de la casa del mismísimo poeta. Es el comienzo apropiado para un texto pleno de referencias literarias y filosóficas, una suerte de diálogo urgente con las obras y los escritores más cercanos a la sensibilidad de la autora, gran degustadora de literatura inglesa. El claro ejercicio de intertextualidad con el que Hélène decide cerrar su diario, remitiendo a un pasaje final de El corazón de las tinieblas de Conrad, es elocuente con esa afinidad.
La solvencia estética, la tersura de las palabras aún cuando éstas comuniquen la brutalidad de las circunstancias, es una de las caras que componen la rica dualidad del texto. La otra cara tiene que ver con su valor documental indiscutible, dado el triste privilegio de la autora como testigo directo de los hechos referidos. Porque Hélène, además de ser una muchacha bella y muy culta, que disfruta de la amistad y del amor incipiente, ha nacido en una familia judía, ella misma es judía, hecho éste del que apenas habría tenido conciencia antes de la guerra. Las cosas, por lo tanto, no irán bien, hoy lo sabemos, y Hélène se transformará en la cronista de esos días terribles, donde todo un diccionario parece insuficiente para describir la peripecia de quienes han sufrido.
Hélène sabía muy bien qué le esperaba en el campo de detenidos de Drancy. No así más allá de ese límite, en los campos de concentración. No descarta la muerte, por supuesto; todos los días escucha algún relato espeluznante que abona la sospecha. Temiendo la respuesta, se pregunta sobre una familia deportada: “¿qué van a hacer con esos niños? Si deportan para obtener mano de obra, ¿de qué les sirven los niños? ¿Es cierto que los entregan a la asistencia pública alemana? No toman a las mujeres y los hijos de los demás obreros que envían a Alemania. La monstruosa imposibilidad de comprenderlo, lo ilógico de todo esto te tortura.” Comprender. Ese es el gran intento de Hélène. Analizar la pulcritud de un exterminio que intuye, diseccionar la bestia, desmadejar el mal. Ineludible en ese ejercicio es tomar nota de la actitud de los otros franceses, los no judíos, algunos compasivos, pero otros decididamente indiferentes y hasta simpatizantes con el invasor. Desde el primer día que Hélène sale a la calle con la estrella amarilla, las reacciones son diversas. Está la joven que pasa a su lado y en voz baja comenta “es repugnante”; está la mirada de hielo de un hombre en el metro y la sonrisa dudosa de la mujer a su lado; están los niños que la señalan con el dedo y exclaman “¡Judío!” Una lógica trastocada, un extrañamiento kafkiano hay en la respuesta de esas gentes que de pronto la reconocen diferente. Una sospecha súbita ante la cual Hélène construirá su cerco, una barrera muy alta que separa, para siempre, a quienes sufren de quienes no.
El desasosiego inevitable que asoma en estas páginas, no conspira contra esa exégesis del mal que constituye su propia esencia, y que tanto recuerda las reflexiones de Hannah Arendt o de Primo Levi. Hay, en esa operación, una agudeza de criterio quizás madurada ante la gravedad de las circunstancias y una voluntad testimonial que, aún frente a la rabia o el desconsuelo, nunca sesga la calidad de las formas, su cuidada argamasa literaria. Una voluntad testimonial que, dada la cercanía entre palabra y realidad, facilita el viaje del lector hasta el día a día de un París siempre seductor en su silueta, pero sofocante en su clima político. Una ciudad donde no obstante el in crescendo de la tensión, las rutinas de trabajo y estudio siguen su curso, aún para muchos perseguidos, hombres y mujeres enfrentados al dilema de huir o no, de abandonarse a la resignación o, cuando resulte ya demasiado tarde, hundirse en la desesperación.
Resulta tentador, a estas alturas, comparar el destino de Hélène con el de otra mujer de sensibilidad exquisita, también amante de las letras, y también acorralada por su condición de judía: Irène Némirovsky. Ambas, separadas por unos veinte años de edad, estudiaron en la Sorbona, disfrutaron los privilegios de pertenecer a la alta burguesía parisina, sufrieron los estragos de la Ocupación alemana, y finalmente la muerte en los campos de concentración, Némirovsky en Auschwitz en 1942 y Hélène en la llamada “marcha de la muerte” hacia Bergen-Belsen en 1945.
Si en Némirovsky había ya una escritora consagrada, en Hélène asomaba toda la potencialidad que requiere el oficio. Y si una ratificó su maestría en esa novela póstuma y excepcional que es Suite francesa, la otra dejó el sabor agridulce de la escritora que la tragedia impidió, también en una obra póstuma, este Diario que hoy ve la luz luego de permanecer bajo la amorosa custodia de Jean Morawiecki, novio de Hélène y destinatario único del texto. Ambos escritos, curiosamente, sobrevivieron al tiempo y a la destrucción, uno en la maleta de dos pequeñas niñas, las hijas de Némirovsky, y el otro en las manos de Andrée, la cocinera de los Berr.
Casualidad o destino. O el brazo de Dios, que dicen es largo, tal vez.



Por Ángeles Blanco, publicado en semanario Brecha, 26 de noviembre de 2009, Montevideo-Uruguay.

No hay comentarios:

Publicar un comentario