jueves, 28 de enero de 2010


Parir, de Andrés Ressia Colino. Estuario Editora. Montevideo, 2009. 148 págs.

La otra Ciudad de Dios

Cuando se aburre en su casa, Alejandro pasa las tardes con su amigo Nicolás, encerrados en un dormitorio diminuto, absorbidos por Internet. “Paso” marca en su celular. “Dale” contesta el otro. Los domingos, la familia de Alejandro se reúne alrededor de la mesa. Están sus hermanos, Gonzalo y Camila, y su madre, Rosana, que apura el almuerzo para irse a trabajar. El padre no está, se fue hace mucho, pero hay un perro, Fofo, y un televisor, siempre encendido. Gonzalo, que acaba de cumplir dieciocho, abandonó el liceo y planea un viaje a Brasil. También un negocio dudoso; inesperadamente violento. A Alejandro, en tanto, le gusta Micaela, la mejor amiga de Camila y melliza de Mariana. Pero Micaela tiene otros desvelos. A veces, de madrugada, cuando llega de bailar, algunos ruidos que no quisiera oír salen del dormitorio de su madre, radiante con el nuevo novio. Mariana, mientras tanto, confirma una sospecha cuando lee en sus apuntes que “el óvulo fecundado con muchas células y un hueco en el medio se llama blastocito… ”
Buscar la punta de esta madeja es lo que le competerá al lector una vez que se hunda en Parir, novela de Andrés Ressia Colino (Montevideo, 1977), Premio Municipal de Narrativa 2008. Y hundirse en el texto implica algo más que dejarse llevar por una lectura sin mayores obstáculos. Implica asistir, como un voyeur involuntario, a la degradación de los personajes, a esas miserias insospechadas en el vecino de la cuadra o en el transeúnte anónimo. El torbellino de situaciones va plasmando así el cuadro social de un Montevideo más sórdido de lo previsible. Sórdido y marginal, y no precisamente por ambientarse en un espacio por definición “en el margen”, como podría serlo un “cantegril” o una “favela”, sino en el corazón mismo de la ciudad, en un Barrio Sur que bien podría ser Paso Molino, La Comercial o cualquiera de los barrios que resisten, como pueden, las nuevas formas de la pobreza material y la delincuencia.
Cierto es que la literatura puede tomarse licencias a la hora de retratar una realidad, siempre y cuando éstas respondan al imperio del arte. Pero también es cierto que, muchas veces, no hay mejor espejo de la realidad que la propia ficción. En ese sentido, entonces, la ficción que alimenta el texto de Ressia Colino está preñada de realidad, inequívoca en los ambientes cotidianos, en la decadencia de un almacén enrejado o de un zaguán mal iluminado, en los empleos anodinos de un supermercado o de un delivery de pizzas, en el ocio gris falazmente saciado con Internet y teléfonos celulares, en el lenguaje precario donde el “bo” asoma omnipresente, en el placer efímero del “porro”, y en las “tranzas” que terminan mal y son explotadas en el noticiero televisivo. Y en medio de todo ello, una luz al final del túnel, una sensibilidad que se resiste a la fuerza del entorno, adivinada en un corto diálogo, cuando Alejandro le comenta a un amigo que estaría bien “zafar”, no terminar como los demás. Ojalá lo logre. Porque resulta imposible no identificar en los contornos de ese personaje, a un adolescente como tantos, inmerso en un Montevideo difícil, fatalmente desencantado, y ahora también, violento.
La violencia es, precisamente, una presencia palpable en el texto. Violencia que puede estallar en una escena de copamiento o asomar en sus formas más simbólicas, en las palabras que descalifican, y en cierta mirada despectiva de algunos sectores sociales hacia otros: “… es que vos Francisco, vivís en un barrio que es un rejunte de todo (…) ahí abajo, en el Sur, está lleno de negros”. Junto a esa violencia, explícita o soterrada, el sexo y los estupefacientes ganan la escena. El primero, en formas varias, desde una masturbación hasta una escena de lesbianismo. Los segundos, porque el porro acompaña las idas y venidas de los personajes y genera en los adultos una inquietud que muchas veces oculta males más reales y perniciosos. El gran tema, sin embargo, parece ser otro. Habrá que encontrarlo en la suerte de esos jóvenes que intentan una operación que nunca fue sencilla: crecer. Pero hacerlo, definitivamente, bajo condiciones adversas, en una sociedad que ha mutado sus referentes, si es que éstos han ido a parar a algún lado.
La novela de Ressia Colino es vertiginosa y verosímil. Se anima, además, con una travesura en la temporalidad del relato, ya olfateada en el extenso epígrafe del investigador y divulgador científico Stephen Jay Gould. Y encuentra, en la formulación de los diálogos, capaces de reproducir con fidelidad el habla de los más jóvenes y de los marginados, quizás su mayor fortaleza. Una ventaja que colabora, por cierto, en la cristalización de ese desplome, esa incertidumbre, ese desamparo que asola el día a día, y empapa cada párrafo.


Por Ángeles Blanco, publicado en semanario Brecha, 16 de octubre 2009.

No hay comentarios:

Publicar un comentario