
A siete años del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, la oferta de literatura sobre el fatal acontecimiento crece en las librerías. Escritores consagrados como Ian McEwan, Don DeLillo o John Updike son algunos de los que se animan a hurgar, desde la ficción, en las entrañas del mundo post 11-S.
Letras donde había torres
Sabido es que algunos acontecimientos cambian para siempre el rumbo de la historia. Mojones donde el tiempo se detiene para parir un nuevo orden, mapa o escenario. El atentado a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de setiembre de 2001 es un ejemplo paradigmático. Nada, desde entonces, ha vuelto a ser lo que era. Palabras como “terrorista”, “Islam”, “árabe” o “seguridad nacional” adquirieron otra densidad esa mañana negra, desataron desconcierto, temor y hasta una guerra infame. Al derrumbe literal, físico, de las torres, siguió el derrumbe de alguna que otra certeza, la desconfianza hacia el extranjero, las especulaciones sobre una posible “guerra de civilizaciones” y el shock inevitable e insondable, uno del que posiblemente el mundo aún no se haya recuperado, en particular Estados Unidos. La literatura, en especial la anglosajona, ha hecho eco de este estado de cosas. Autores consagrados como Ian McEwan, John Updike o Don DeLillo han alimentado sus ficciones desde la herida post 11-S, la misma fuente de la que han abrevado autores más jóvenes o menos conocidos como Ken Kalfus, Mohsin Hamid o el talentoso Jonhatan Safran Foer. Ellos son apenas un puñado de los artistas e intelectuales que han hundido el bisturí en el trauma que sobrevino a la mañana terrible de aquel verano boreal. La mañana donde se respiró un aire nuevo y enrarecido. Definitivamente tóxico.
Una cicatriz. Como si de una gran catarsis colectiva se tratara, buena parte de la mejor narrativa del momento tiene como leit motiv la vida en el mundo post 11 de setiembre. Algunos escritores lo toman como insumo directo para sus textos, otros no pueden eludir la influencia de esa nueva realidad en su escritura. Este último es el caso de dos terribles enfants de la literatura anglosajona, el inglés Martin Amis con “Perro callejero” y la cáustica A.M. Homes con "Este libro te salvará la vida".
Muchos lectores pudieron tolerar la estructura imbricada y algo abrumadora de “Perro callejero” (Anagrama, 2003), cuando su autor confesó haber reflejado en su prosa el caos de un mundo capaz de pergeñar un hecho tan atroz como el ataque a las Torres Gemelas. «Comencé esta novela el primero de septiembre de 2001 y tras el 11-S sentí, como la mayoría de los escritores, que había perdido mi propia voz. No podía hablar, ni siquiera pensar, de otra cosa que no fuera el atentado», ha comentado Amis. En sus 429 páginas, Amis entrelaza distintos relatos con sátira corrosiva. El protagonista de uno de ellos es Xao Meo, un actor famoso, marido y padre ejemplar que tras recibir un golpe en la cabeza modifica brutalmente su conducta, especialmente sexual. «El 11-S es el golpe en la cabeza de América que vuelve a Occidente salvajemente masculino», ha expresado Amis, desentrañando la simbología de su texto y haciendo alusión a esa “respuesta salvaje” de Occidente que ha sido la invasión a Iraq. Amis no ha tenido pelos en la lengua para criticar la compleja relación entre mujer e Islam, arriesgando incluso la hipótesis de que el terrorismo islámico no es más que la reacción desmedida ante el avance inevitable de la mujer en las sociedades. Con menos simbología pero elogiado resultado, la norteamericana A.M.Homes sorprendió a sus lectores en 2007 con “Este libro te salvará la vida” (Anagrama), una novela que pone en tela de juicio el estilo de vida americano, con sus buenas dosis de consumismo e individualismo. La lección de vida que aprende el protagonista, Richard Novak, el mensaje “positivo” que trasunta la novela y que tanto dista del estilo oscuro y sórdido de la autora, se inspiran según sus propias palabras, en las historias de solidaridad y humanidad profunda que propició la tragedia del 11-S y que por estos días algunos programas especiales se encargan de evocar. Otro autor norteamericano, el más neoyorkino de todos, Paul Auster, también tuvo algo para decir sobre el 11-S cuando los protagonistas de su bella y melancólica “Brooklyn Follies” (Anagrama, 2006) llegan al Nueva York de la tragedia al final del libro. Una Nueva York que de ahora en más lidiará con su belleza mutilada y con esa cicatriz que delata el paso de la Historia por su modernidad extrema.
El miedo. Los días y los meses que siguieron al 11-S tuvieron al mundo en vilo. Especulaciones sobre posibles nuevos atentados, correspondencia con Ántrax y rumores de guerra fueron la dieta cotidiana de tantos ciudadanos, particularmente indigesta en las naciones líderes de Occidente. En ese contexto de perplejidad y desconcierto se desarrolla “Sábado” del británico Ian McEwan. Tal como indica el título, la acción transcurre un día sábado, más precisamente el 15 de febrero de 2003, cuando el mundo entero se plegó a las manifestaciones contra invasión a Irak. En el amanecer de ese día, el próspero neurocirujano Henry Perowne observa desde su ventana la trayectoria errática de un avión, sospechando lo peor. Pero lo que teme sea un atentado terrorista no es más que accidente, dejando al descubierto cuán profundo ha calado el temor colectivo en su vida. Perowne, padre de una familia modélica y racional hasta la médula, intenta ordenar sus ideas en el nuevo estado de cosas, tomando partido por ejemplo, entre las consignas pacifistas y el relato de las víctimas del despotismo de Saddam, o indignándose ante el escepticismo académico sobre la noción de un progreso occidental que él vislumbra bien claro en la tecnología y el confort que le rodea. La prosa refinada y precisa de McEwan exuda miedos propios y ajenos, y busca sin descanso la reflexión compartida con el lector. Bajo ese ballet de recursos y artilugios, hay ensayo sociológico e insumo complementario para los historiadores del futuro.
Por contradictorio que parezca, el 11-S también ha dado lugar para el humor. Ácido, por cierto. Es el caso de “Un trastorno propio de este país” (Tusquets, 2008), del neoyorquino Ken Kalfus. Sus protagonistas, un matrimonio en vías de divorcio que sobrevive de milagro al atentado, tienen una reacción inesperada ante la tragedia. Ambos sienten desilusión cuando ven regresar al cónyuge que creían felizmente muerto tras el derrumbe. Como en “La guerra de los Roses” del nuevo milenio, Marshall y Joyce se tiran con lo que venga, pero en esa comedia tétrica dejar entrever algunas conductas anómalas post 11-S, como la del llamado “sexo del terror”. Así lo plantea uno de sus pasajes: “Después de que Alicia y Dora contaran sus historias, Joyce se dio cuenta de que ella también quería algo: quería que uno de esos hombres de los que hablaban la arrojara a una cama y se la follara como si no existiera mañana. Quería sexo del terror. Después de todo lo que les había pasado a su ciudad y a su matrimonio, se lo merecía”.
Nada de humor trasunta “El hombre del salto” (Seix Barral, 2007) del norteamericano Don DeLillo, una historia que también disecciona la nueva vida de un sobreviviente de la catástrofe, pero hurgando, paralelamente, en la complejidad existencial de un terrorista próximo al sacrificio. Keith Neudecker y Hammad son así los dos polos del desastre, sintetizan los dos mundos en conflicto. La escritura de DeLillo parece mimetizarse con la perplejidad que ganó al mundo tras la tragedia, y se vuelve fascinante en la recreación de esos últimos días del mártir religioso, con sus tribulaciones, sus flaquezas de fe y esa sensibilidad que, en lo profundo y primario, no parece tan distante de la occidental. Tal como en “El paraíso ahora”, se acerca al hombre detrás del terrorista, al ser humano detrás del clisé.
Esa misma perspectiva elusiva de facilismos comparte otro veterano de las letras estadounidenses, John Updike, en su novela “Terrorista” (Tusquets, 2007). Updike enfoca su lente en la vida de un adolescente nacido en Nueva York, un perfecto prototipo de la mixtura cultural de esa ciudad, de madre norteamericana y padre egipcio y ausente. Ahmad es inteligente, pulcro y distante mil veces de sus compañeros del secundario en intereses y motivaciones. Bajo las lecciones de su maestro espiritual, el sheij Rachid, Ahmad ha abrazado el islam en su versión más peligrosamente intolerante. El arte de Updike seduce con sus descripciones de los estratos medios y bajos de su sociedad, y de los estados del alma de los seres que los habitan. Su ojo de cronista se detiene en ese detalle mínimo capaz de explicar el mundo con dos o tres pinceladas maestras.
Ciertamente la vida en el Estados Unidos post 11-S se tornó difícil para los árabes allí residentes. Quizás, como muchos reconocen, no hizo más que despertar la bestia de una xenofobia latente y contenida. Esa tesis es la que transita el pakistaní Moshin Hamid en “El fundamentalista reticente” (Tusquets, 2008), la historia de un brillante estudiante pakistaní que se codea con la élite universitaria de Princeton, vale decir, de Nueva York. Un excelente puesto de trabajo en el área financiera, una novia encantadora y occidental, un grupo de amigos interesantes hacen de Changez un hombre afortunado. La caída de las torres, sin embargo, altera esa realidad envidiable, casi una realidad virtual, inaprensible, y ante el resentimiento colectivo, despertará un deseo de identidad exacerbado e inevitable que lo lleva de regreso a su tierra. Otra búsqueda similar, en este caso de la memoria, guiará a Oskar Schell, el pequeño protagonista de “Tan fuerte, tan cerca”, del escritor estadounidense Jonathan Safran Foer, aun sin distribución en Uruguay. Oskar, un niño de nueve años, internauta y curioso como la mayoría de los niños, sale temprano del colegio la mañana del martes 11 para llegar a su casa y descubrir que su padre ya no volverá. Revolviendo desesperadamente entre sus cosas, descubre una llave a la que se aferra con terquedad, como una última prueba física que lo conecte con su padre muerto, y que lo haga emprender una peregrinación sin descanso por la ciudad, en busca de la cerradura correspondiente. La mirada de Oskar resume de alguna manera esos indebidos “efectos colaterales” de cualquier guerra, que tienen en los niños su blanco más fácil y lamentable.
Con sus diferentes estilos y enfoques, estos textos y autores resumen una visión caleidoscópica y bienvenida sobre la conmoción que siguió al 11-S. Son el reflejo irreprimible de la búsqueda de respuestas en un mundo nuevo y sorprendido, y la mayor prueba de que la literatura sigue siendo, quizás, la mejor forma de entender la realidad.
Publicado por Ángeles Blanco en Galería de Búsqueda. 11 de setiembre de 2008.
“Terrorista”, de John Updike. Tusquets Editores S.A., 2007. 330 págs. Distribuye Urano.
“Un trastorno propio de este país”, de Ken Kalfus. Tusquets Editores S.A., 2008. 302 págs. Distribuye Urano.
“Sábado”, de Ian McEwan. Ediciones Anagrama, 2005. Distribuye Gussi.
“El hombre del salto”, de Don DeLillo. Editorial Seix Barral S.A., 2007.
“El fundamentalista reticente”, de Mohsin Hamid. Tusquets Editores S.A., 2008. Distribuye Urano.
Letras donde había torres
Sabido es que algunos acontecimientos cambian para siempre el rumbo de la historia. Mojones donde el tiempo se detiene para parir un nuevo orden, mapa o escenario. El atentado a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de setiembre de 2001 es un ejemplo paradigmático. Nada, desde entonces, ha vuelto a ser lo que era. Palabras como “terrorista”, “Islam”, “árabe” o “seguridad nacional” adquirieron otra densidad esa mañana negra, desataron desconcierto, temor y hasta una guerra infame. Al derrumbe literal, físico, de las torres, siguió el derrumbe de alguna que otra certeza, la desconfianza hacia el extranjero, las especulaciones sobre una posible “guerra de civilizaciones” y el shock inevitable e insondable, uno del que posiblemente el mundo aún no se haya recuperado, en particular Estados Unidos. La literatura, en especial la anglosajona, ha hecho eco de este estado de cosas. Autores consagrados como Ian McEwan, John Updike o Don DeLillo han alimentado sus ficciones desde la herida post 11-S, la misma fuente de la que han abrevado autores más jóvenes o menos conocidos como Ken Kalfus, Mohsin Hamid o el talentoso Jonhatan Safran Foer. Ellos son apenas un puñado de los artistas e intelectuales que han hundido el bisturí en el trauma que sobrevino a la mañana terrible de aquel verano boreal. La mañana donde se respiró un aire nuevo y enrarecido. Definitivamente tóxico.
Una cicatriz. Como si de una gran catarsis colectiva se tratara, buena parte de la mejor narrativa del momento tiene como leit motiv la vida en el mundo post 11 de setiembre. Algunos escritores lo toman como insumo directo para sus textos, otros no pueden eludir la influencia de esa nueva realidad en su escritura. Este último es el caso de dos terribles enfants de la literatura anglosajona, el inglés Martin Amis con “Perro callejero” y la cáustica A.M. Homes con "Este libro te salvará la vida".
Muchos lectores pudieron tolerar la estructura imbricada y algo abrumadora de “Perro callejero” (Anagrama, 2003), cuando su autor confesó haber reflejado en su prosa el caos de un mundo capaz de pergeñar un hecho tan atroz como el ataque a las Torres Gemelas. «Comencé esta novela el primero de septiembre de 2001 y tras el 11-S sentí, como la mayoría de los escritores, que había perdido mi propia voz. No podía hablar, ni siquiera pensar, de otra cosa que no fuera el atentado», ha comentado Amis. En sus 429 páginas, Amis entrelaza distintos relatos con sátira corrosiva. El protagonista de uno de ellos es Xao Meo, un actor famoso, marido y padre ejemplar que tras recibir un golpe en la cabeza modifica brutalmente su conducta, especialmente sexual. «El 11-S es el golpe en la cabeza de América que vuelve a Occidente salvajemente masculino», ha expresado Amis, desentrañando la simbología de su texto y haciendo alusión a esa “respuesta salvaje” de Occidente que ha sido la invasión a Iraq. Amis no ha tenido pelos en la lengua para criticar la compleja relación entre mujer e Islam, arriesgando incluso la hipótesis de que el terrorismo islámico no es más que la reacción desmedida ante el avance inevitable de la mujer en las sociedades. Con menos simbología pero elogiado resultado, la norteamericana A.M.Homes sorprendió a sus lectores en 2007 con “Este libro te salvará la vida” (Anagrama), una novela que pone en tela de juicio el estilo de vida americano, con sus buenas dosis de consumismo e individualismo. La lección de vida que aprende el protagonista, Richard Novak, el mensaje “positivo” que trasunta la novela y que tanto dista del estilo oscuro y sórdido de la autora, se inspiran según sus propias palabras, en las historias de solidaridad y humanidad profunda que propició la tragedia del 11-S y que por estos días algunos programas especiales se encargan de evocar. Otro autor norteamericano, el más neoyorkino de todos, Paul Auster, también tuvo algo para decir sobre el 11-S cuando los protagonistas de su bella y melancólica “Brooklyn Follies” (Anagrama, 2006) llegan al Nueva York de la tragedia al final del libro. Una Nueva York que de ahora en más lidiará con su belleza mutilada y con esa cicatriz que delata el paso de la Historia por su modernidad extrema.
El miedo. Los días y los meses que siguieron al 11-S tuvieron al mundo en vilo. Especulaciones sobre posibles nuevos atentados, correspondencia con Ántrax y rumores de guerra fueron la dieta cotidiana de tantos ciudadanos, particularmente indigesta en las naciones líderes de Occidente. En ese contexto de perplejidad y desconcierto se desarrolla “Sábado” del británico Ian McEwan. Tal como indica el título, la acción transcurre un día sábado, más precisamente el 15 de febrero de 2003, cuando el mundo entero se plegó a las manifestaciones contra invasión a Irak. En el amanecer de ese día, el próspero neurocirujano Henry Perowne observa desde su ventana la trayectoria errática de un avión, sospechando lo peor. Pero lo que teme sea un atentado terrorista no es más que accidente, dejando al descubierto cuán profundo ha calado el temor colectivo en su vida. Perowne, padre de una familia modélica y racional hasta la médula, intenta ordenar sus ideas en el nuevo estado de cosas, tomando partido por ejemplo, entre las consignas pacifistas y el relato de las víctimas del despotismo de Saddam, o indignándose ante el escepticismo académico sobre la noción de un progreso occidental que él vislumbra bien claro en la tecnología y el confort que le rodea. La prosa refinada y precisa de McEwan exuda miedos propios y ajenos, y busca sin descanso la reflexión compartida con el lector. Bajo ese ballet de recursos y artilugios, hay ensayo sociológico e insumo complementario para los historiadores del futuro.
Por contradictorio que parezca, el 11-S también ha dado lugar para el humor. Ácido, por cierto. Es el caso de “Un trastorno propio de este país” (Tusquets, 2008), del neoyorquino Ken Kalfus. Sus protagonistas, un matrimonio en vías de divorcio que sobrevive de milagro al atentado, tienen una reacción inesperada ante la tragedia. Ambos sienten desilusión cuando ven regresar al cónyuge que creían felizmente muerto tras el derrumbe. Como en “La guerra de los Roses” del nuevo milenio, Marshall y Joyce se tiran con lo que venga, pero en esa comedia tétrica dejar entrever algunas conductas anómalas post 11-S, como la del llamado “sexo del terror”. Así lo plantea uno de sus pasajes: “Después de que Alicia y Dora contaran sus historias, Joyce se dio cuenta de que ella también quería algo: quería que uno de esos hombres de los que hablaban la arrojara a una cama y se la follara como si no existiera mañana. Quería sexo del terror. Después de todo lo que les había pasado a su ciudad y a su matrimonio, se lo merecía”.
Nada de humor trasunta “El hombre del salto” (Seix Barral, 2007) del norteamericano Don DeLillo, una historia que también disecciona la nueva vida de un sobreviviente de la catástrofe, pero hurgando, paralelamente, en la complejidad existencial de un terrorista próximo al sacrificio. Keith Neudecker y Hammad son así los dos polos del desastre, sintetizan los dos mundos en conflicto. La escritura de DeLillo parece mimetizarse con la perplejidad que ganó al mundo tras la tragedia, y se vuelve fascinante en la recreación de esos últimos días del mártir religioso, con sus tribulaciones, sus flaquezas de fe y esa sensibilidad que, en lo profundo y primario, no parece tan distante de la occidental. Tal como en “El paraíso ahora”, se acerca al hombre detrás del terrorista, al ser humano detrás del clisé.
Esa misma perspectiva elusiva de facilismos comparte otro veterano de las letras estadounidenses, John Updike, en su novela “Terrorista” (Tusquets, 2007). Updike enfoca su lente en la vida de un adolescente nacido en Nueva York, un perfecto prototipo de la mixtura cultural de esa ciudad, de madre norteamericana y padre egipcio y ausente. Ahmad es inteligente, pulcro y distante mil veces de sus compañeros del secundario en intereses y motivaciones. Bajo las lecciones de su maestro espiritual, el sheij Rachid, Ahmad ha abrazado el islam en su versión más peligrosamente intolerante. El arte de Updike seduce con sus descripciones de los estratos medios y bajos de su sociedad, y de los estados del alma de los seres que los habitan. Su ojo de cronista se detiene en ese detalle mínimo capaz de explicar el mundo con dos o tres pinceladas maestras.
Ciertamente la vida en el Estados Unidos post 11-S se tornó difícil para los árabes allí residentes. Quizás, como muchos reconocen, no hizo más que despertar la bestia de una xenofobia latente y contenida. Esa tesis es la que transita el pakistaní Moshin Hamid en “El fundamentalista reticente” (Tusquets, 2008), la historia de un brillante estudiante pakistaní que se codea con la élite universitaria de Princeton, vale decir, de Nueva York. Un excelente puesto de trabajo en el área financiera, una novia encantadora y occidental, un grupo de amigos interesantes hacen de Changez un hombre afortunado. La caída de las torres, sin embargo, altera esa realidad envidiable, casi una realidad virtual, inaprensible, y ante el resentimiento colectivo, despertará un deseo de identidad exacerbado e inevitable que lo lleva de regreso a su tierra. Otra búsqueda similar, en este caso de la memoria, guiará a Oskar Schell, el pequeño protagonista de “Tan fuerte, tan cerca”, del escritor estadounidense Jonathan Safran Foer, aun sin distribución en Uruguay. Oskar, un niño de nueve años, internauta y curioso como la mayoría de los niños, sale temprano del colegio la mañana del martes 11 para llegar a su casa y descubrir que su padre ya no volverá. Revolviendo desesperadamente entre sus cosas, descubre una llave a la que se aferra con terquedad, como una última prueba física que lo conecte con su padre muerto, y que lo haga emprender una peregrinación sin descanso por la ciudad, en busca de la cerradura correspondiente. La mirada de Oskar resume de alguna manera esos indebidos “efectos colaterales” de cualquier guerra, que tienen en los niños su blanco más fácil y lamentable.
Con sus diferentes estilos y enfoques, estos textos y autores resumen una visión caleidoscópica y bienvenida sobre la conmoción que siguió al 11-S. Son el reflejo irreprimible de la búsqueda de respuestas en un mundo nuevo y sorprendido, y la mayor prueba de que la literatura sigue siendo, quizás, la mejor forma de entender la realidad.
Publicado por Ángeles Blanco en Galería de Búsqueda. 11 de setiembre de 2008.
“Terrorista”, de John Updike. Tusquets Editores S.A., 2007. 330 págs. Distribuye Urano.
“Un trastorno propio de este país”, de Ken Kalfus. Tusquets Editores S.A., 2008. 302 págs. Distribuye Urano.
“Sábado”, de Ian McEwan. Ediciones Anagrama, 2005. Distribuye Gussi.
“El hombre del salto”, de Don DeLillo. Editorial Seix Barral S.A., 2007.
“El fundamentalista reticente”, de Mohsin Hamid. Tusquets Editores S.A., 2008. Distribuye Urano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario