
Sobre Rebecca Miller
El reloj interior
Con tres películas realizadas, un libro de cuentos, algunos papeles dramáticos en cine y televisión, y una carrera en fotografía y artes plásticas, Rebecca Augusta Miller, hija del célebre Arthur Miller, viene desarrollando una obra que más allá de la incuestionable acción de los genes, tiene firma propia. En Uruguay, lo más visible de ese multitalento está en su único libro, Velocidad personal, y en dos de las tres películas que ha guionado y dirigido: Intimidades y La balada de Jack y Rose.
Nació el 15 de setiembre de 1964 en Roxbury, Connecticut, y es la única hija del matrimonio que conformaron Arthur Miller e Inge Morath, fotógrafa icónica de la agencia Magnum. Ambos se habían conocido durante la filmación de Los inadaptados (John Huston, 1960) como guionista y fotógrafa de rodaje respectivamente, cuando el matrimonio Miller-Monroe comenzaba a tambalear. Tantos nombres rutilantes no impidieron que la infancia de Rebecca fuera suficientemente “normal”: “Crecí en una granja en Connecticut. No tenía limousina ni vuelos en primera clase. No tenía particularmente un extravagante modo de vida” (The Observer). Al amparo de ese hogar sólido, decide convertirse al cristianismo a los trece años, y estudiar Bellas Artes en la Universidad de Yale. En los primeros noventa participó como actriz de reparto en películas como Una segunda oportunidad (Mike Nichols, 1991) o La señora Parker y el círculo vicioso (Alan Rudolph, 1994). Luego de algunos intentos casi caseros en cortometraje, debuta en el largo de ficción con Angela (1995), la historia de una niña que cree que el demonio, alojado en su sótano, es responsable de la enfermedad mental de su madre. No estrenada en Uruguay, esta opera prima de Miller cosechó entre otros premios, el Cinematography Award del Festival de Sundance, y demostró su sensibilidad para desarrollar textos de fuerte carga psicológica.
Le siguió en 2002 Intimidades (Personal velocity: Three portraits), una versión de su libro de cuentos Velocidad personal, mejor libro de ese año según el Washington Post. Las historias de este libro hablan de siete mujeres (casi siete, una de ellas es una niña) de entornos sociales y edades diferentes, sumergidas en sus crisis personales, las mismas que variando el escenario puede vivir cualquier mujer en este comienzo de siglo, y que versan sobre temas tan universales como la ambición, el paso del tiempo, la sexualidad, ser madre, ser hija... La minucia de Miller en la descripción de personajes y ambientes, y su capacidad para desarrollar diálogos punzantes y elocuentes, tuvieron como destino natural la gran pantalla.
En la pantalla. La idea fue de la productora independiente InDigEnt, que propuso a Miller la adaptación de sus historias. Con variaciones mínimas, Delia, Greta y Paula fueron las que finalmente llegaron a la pantalla: tres mujeres bien distintas, tres bergmanianas almas al desnudo.
Delia supera la treintena, y además de tres hijos y un carácter de hierro, tiene curvas perturbadoras. Antes fue una chica mala que perdió la virginidad demasiado pronto y se la hizo perder a todo el colegio. Ahora es una mujer parada ante la encrucijada: huye del hombre que la golpea pero que ama. En el viaje hacia su nueva vida, aborrece la compasión que le dispensan, su imagen de perdedora en la retina de los otros. Pero cuando un idiota sexual se cruza en su camino, un viejo sabor a poder vuelve a endulzarla, y quizás otra vez, los puntos vuelvan a estar sobre las íes.
Miller elige finales abiertos para esta y sus otras historias, apenas vinculadas entre sí por los ecos de un accidente automovilístico (variante respecto al libro). Sin embargo, estos tres “diarios de una crisis” parecen converger en un instante revelador donde la conciencia se abre paso en la turbulencia. Como en Paula, una veinteañera que ha escapado de la muerte y que quiere pintar, quiere escribir, quiere una cámara subacuática... y que por fin ha recibido una señal para hacerse cargo de su recientísimo embarazo. Y también en Greta, una joven editora que de la noche a la mañana saborea el éxito, enfrentándola a su costado más oscuro: el de su ambición sin límites. Ambición por la que decide liquidar su matrimonio para buscar en otros brazos el “vigor de los ganadores”. Pese a lo removedor de sus relatos, Miller se divierte poniendo en palabras de una voz en off -curiosamente masculina-, pasajes memorables por humor trágico: “De repente, Greta tuvo una idea certera y cruel. Iba a abandonar a su hermoso marido como se elimina un párrafo redundante”.
Las experimentaciones formales están en los flashbacks, las imágenes congeladas, alguna pseudo filmación casera que evoca el pasado. Las imágenes inquietas provienen de una cámara de mano que se pega a los personajes, y los captura en primeros planos atentos a su despliegue psicológico – el casting de actrices es un acierto: Kyra Sedwick, Parkey Posey y Fairuza Balk-. Fuera de eso, ni grandes efectos, ni grandes escenarios. La asistente social que aparece en una de las historias por ejemplo, es tan verosímil como engañosa suele ser la imagen femenina en pantallas más convencionales.
Todos estos elementos construyen una mirada ultrafemenina, nunca idealizada. Delia fue la paria social de la escuela, sí, pero lo disfrutaba. Y es que las heroínas de Miller están lejos de ser ejemplos de vida. Son solo personas a punto de tomar grandes decisiones; las que les dicta su reloj interior. De allí esa “velocidad” propia que Miller define como “un viaje personal en el que se pueden recorrer muchos años en un minuto al tomar conciencia de una misma”.
El peso de los padres como artífices –o destructores- del destino de sus hijos, es un tema sobre el cual enfoca su lente. Ser madre y ser hija son misterios que Miller pareciera exorcizar en su film y que según ha dicho para The Observer, se intensificaron con la muerte de su madre en 2002, a quien le dedica la película. Intimidades fue premiada en el Festival Independent Spririt Awards y en Sundance. Con estas credenciales, Miller se concentró en un proyecto largamente acariciado, La balada de Jack y Rose.
Camelot. Hacer esta película le tomó a Miller casi diez años. En el medio tuvo que convencer a su marido, Daniel Day Lewis, de aceptar ser su protagonista. Ambos se conocieron en 1995, en la casa de Arthur Miller, cuando Lewis elaboraba su protagónico en Las brujas de Salem. La balada... es una historia compleja, que gravita sobre dos temas enormes: uno es el nudo psicológico entre padre e hija, otro, el de los riesgos de llevar hasta sus límites una ideología, incluso cuando puede ser una tabla de salvación en un mundo estúpido y despiadado. Pero hay más.
Jack Slavin y su hija adolescente, Rose, viven en una isla apartada, antiguo escenario de experimentación de una comuna hippie. No hay televisión, la basura se recicla, los contactos con el exterior son escasos. En ese equilibrio singular ambos viven sin apremios y se profesan mutuos cuidados. Hasta que Jack enferma y toma una decisión tan práctica como desastrosa: la mujer que frecuenta en el pueblo, se instala en su casa junto a dos hijos adolescentes. Las reacciones que esto desata en Rose son algo más que un simple ataque de celos. Su Camelot versión Slavin se resquebraja; es evidente que para ella, su padre es algo más que eso. Cuando Jack es conciente de ese desborde, ve desmoronar su idealismo. Se humilla incluso ante el agente inmobiliario, su “archienemigo” ideológico, cuando reconoce el plan egoísta al que sometió a su hija: “La he arruinado por una especie de esnobismo”. Pero al final, quizás su jugada no fue tan errada. Y todas las pistas hacen suponer que Rose, aquella niña “especial”, se transforma en una mujer que toma decisiones y prolonga el proyecto de su padre.
Pero las lecturas pueden ser muchas. La balada... es de hecho también, la historia de un amor imposible, del despertar sexual de una adolescente, la crónica de una familia “diferente”, una reflexión sobre la vida que todos viven y la que podrían vivir. Lo cierto es que Miller vuelve a poner a sus personajes en medio de una crisis vital, buceando en sus vínculos filiales, y animándose a dar un paso más: la posibilidad de incesto. La honestidad con que lo trata evita estrategias macabras, maniqueas. Y es que nada es simplista en la mirada de Miller. Slavin por ejemplo, es un personaje riquísimo. Por un lado, es un Quijote luchando en una batalla que parece perdida, por otro, el tipo práctico que no duda en resolver sus problemas afectivos con dinero. Lo mismo en Rose, especie de Electra contemporánea con quien resulta más que significativa la afirmación de Miller de dedicarse a la psicología o la psiquiatría de no ser la escritora y cineasta que es. Simplemente porque siente “curiosidad sobre la gente”, y porque la empatía es según su visión, el más importante atributo de todo artista. El resultado de esas certezas cristaliza en La balada... como un ensayo maduro que esquiva moralejas y desafía convenciones.
En lo formal Miller ya casi se ha desprendido de su cámara portátil, introduce secuencias de mayor lirismo, y apuesta a una banda sonora potente, que incluye nombres como el de Bob Dylan. El casting vuelve a ser un acierto, incluso en los desconocidos Camille Belle. El proyecto ha sido una vez más independiente y Miller, al igual que en sus otras películas ha priorizado el trabajo en equipo, siendo dos de sus puntales la directora de fotografía, Ellen Kuras y la de casting, Cindy Tolan. Dicen que, en propiciar ese ambiente cooperativo, Miller se parece bastante a Scorsese. Nada menos.
Por Ángeles Blanco, publicado en El País Cultural, Nro. 883, 2006.
El reloj interior
Con tres películas realizadas, un libro de cuentos, algunos papeles dramáticos en cine y televisión, y una carrera en fotografía y artes plásticas, Rebecca Augusta Miller, hija del célebre Arthur Miller, viene desarrollando una obra que más allá de la incuestionable acción de los genes, tiene firma propia. En Uruguay, lo más visible de ese multitalento está en su único libro, Velocidad personal, y en dos de las tres películas que ha guionado y dirigido: Intimidades y La balada de Jack y Rose.
Nació el 15 de setiembre de 1964 en Roxbury, Connecticut, y es la única hija del matrimonio que conformaron Arthur Miller e Inge Morath, fotógrafa icónica de la agencia Magnum. Ambos se habían conocido durante la filmación de Los inadaptados (John Huston, 1960) como guionista y fotógrafa de rodaje respectivamente, cuando el matrimonio Miller-Monroe comenzaba a tambalear. Tantos nombres rutilantes no impidieron que la infancia de Rebecca fuera suficientemente “normal”: “Crecí en una granja en Connecticut. No tenía limousina ni vuelos en primera clase. No tenía particularmente un extravagante modo de vida” (The Observer). Al amparo de ese hogar sólido, decide convertirse al cristianismo a los trece años, y estudiar Bellas Artes en la Universidad de Yale. En los primeros noventa participó como actriz de reparto en películas como Una segunda oportunidad (Mike Nichols, 1991) o La señora Parker y el círculo vicioso (Alan Rudolph, 1994). Luego de algunos intentos casi caseros en cortometraje, debuta en el largo de ficción con Angela (1995), la historia de una niña que cree que el demonio, alojado en su sótano, es responsable de la enfermedad mental de su madre. No estrenada en Uruguay, esta opera prima de Miller cosechó entre otros premios, el Cinematography Award del Festival de Sundance, y demostró su sensibilidad para desarrollar textos de fuerte carga psicológica.
Le siguió en 2002 Intimidades (Personal velocity: Three portraits), una versión de su libro de cuentos Velocidad personal, mejor libro de ese año según el Washington Post. Las historias de este libro hablan de siete mujeres (casi siete, una de ellas es una niña) de entornos sociales y edades diferentes, sumergidas en sus crisis personales, las mismas que variando el escenario puede vivir cualquier mujer en este comienzo de siglo, y que versan sobre temas tan universales como la ambición, el paso del tiempo, la sexualidad, ser madre, ser hija... La minucia de Miller en la descripción de personajes y ambientes, y su capacidad para desarrollar diálogos punzantes y elocuentes, tuvieron como destino natural la gran pantalla.
En la pantalla. La idea fue de la productora independiente InDigEnt, que propuso a Miller la adaptación de sus historias. Con variaciones mínimas, Delia, Greta y Paula fueron las que finalmente llegaron a la pantalla: tres mujeres bien distintas, tres bergmanianas almas al desnudo.
Delia supera la treintena, y además de tres hijos y un carácter de hierro, tiene curvas perturbadoras. Antes fue una chica mala que perdió la virginidad demasiado pronto y se la hizo perder a todo el colegio. Ahora es una mujer parada ante la encrucijada: huye del hombre que la golpea pero que ama. En el viaje hacia su nueva vida, aborrece la compasión que le dispensan, su imagen de perdedora en la retina de los otros. Pero cuando un idiota sexual se cruza en su camino, un viejo sabor a poder vuelve a endulzarla, y quizás otra vez, los puntos vuelvan a estar sobre las íes.
Miller elige finales abiertos para esta y sus otras historias, apenas vinculadas entre sí por los ecos de un accidente automovilístico (variante respecto al libro). Sin embargo, estos tres “diarios de una crisis” parecen converger en un instante revelador donde la conciencia se abre paso en la turbulencia. Como en Paula, una veinteañera que ha escapado de la muerte y que quiere pintar, quiere escribir, quiere una cámara subacuática... y que por fin ha recibido una señal para hacerse cargo de su recientísimo embarazo. Y también en Greta, una joven editora que de la noche a la mañana saborea el éxito, enfrentándola a su costado más oscuro: el de su ambición sin límites. Ambición por la que decide liquidar su matrimonio para buscar en otros brazos el “vigor de los ganadores”. Pese a lo removedor de sus relatos, Miller se divierte poniendo en palabras de una voz en off -curiosamente masculina-, pasajes memorables por humor trágico: “De repente, Greta tuvo una idea certera y cruel. Iba a abandonar a su hermoso marido como se elimina un párrafo redundante”.
Las experimentaciones formales están en los flashbacks, las imágenes congeladas, alguna pseudo filmación casera que evoca el pasado. Las imágenes inquietas provienen de una cámara de mano que se pega a los personajes, y los captura en primeros planos atentos a su despliegue psicológico – el casting de actrices es un acierto: Kyra Sedwick, Parkey Posey y Fairuza Balk-. Fuera de eso, ni grandes efectos, ni grandes escenarios. La asistente social que aparece en una de las historias por ejemplo, es tan verosímil como engañosa suele ser la imagen femenina en pantallas más convencionales.
Todos estos elementos construyen una mirada ultrafemenina, nunca idealizada. Delia fue la paria social de la escuela, sí, pero lo disfrutaba. Y es que las heroínas de Miller están lejos de ser ejemplos de vida. Son solo personas a punto de tomar grandes decisiones; las que les dicta su reloj interior. De allí esa “velocidad” propia que Miller define como “un viaje personal en el que se pueden recorrer muchos años en un minuto al tomar conciencia de una misma”.
El peso de los padres como artífices –o destructores- del destino de sus hijos, es un tema sobre el cual enfoca su lente. Ser madre y ser hija son misterios que Miller pareciera exorcizar en su film y que según ha dicho para The Observer, se intensificaron con la muerte de su madre en 2002, a quien le dedica la película. Intimidades fue premiada en el Festival Independent Spririt Awards y en Sundance. Con estas credenciales, Miller se concentró en un proyecto largamente acariciado, La balada de Jack y Rose.
Camelot. Hacer esta película le tomó a Miller casi diez años. En el medio tuvo que convencer a su marido, Daniel Day Lewis, de aceptar ser su protagonista. Ambos se conocieron en 1995, en la casa de Arthur Miller, cuando Lewis elaboraba su protagónico en Las brujas de Salem. La balada... es una historia compleja, que gravita sobre dos temas enormes: uno es el nudo psicológico entre padre e hija, otro, el de los riesgos de llevar hasta sus límites una ideología, incluso cuando puede ser una tabla de salvación en un mundo estúpido y despiadado. Pero hay más.
Jack Slavin y su hija adolescente, Rose, viven en una isla apartada, antiguo escenario de experimentación de una comuna hippie. No hay televisión, la basura se recicla, los contactos con el exterior son escasos. En ese equilibrio singular ambos viven sin apremios y se profesan mutuos cuidados. Hasta que Jack enferma y toma una decisión tan práctica como desastrosa: la mujer que frecuenta en el pueblo, se instala en su casa junto a dos hijos adolescentes. Las reacciones que esto desata en Rose son algo más que un simple ataque de celos. Su Camelot versión Slavin se resquebraja; es evidente que para ella, su padre es algo más que eso. Cuando Jack es conciente de ese desborde, ve desmoronar su idealismo. Se humilla incluso ante el agente inmobiliario, su “archienemigo” ideológico, cuando reconoce el plan egoísta al que sometió a su hija: “La he arruinado por una especie de esnobismo”. Pero al final, quizás su jugada no fue tan errada. Y todas las pistas hacen suponer que Rose, aquella niña “especial”, se transforma en una mujer que toma decisiones y prolonga el proyecto de su padre.
Pero las lecturas pueden ser muchas. La balada... es de hecho también, la historia de un amor imposible, del despertar sexual de una adolescente, la crónica de una familia “diferente”, una reflexión sobre la vida que todos viven y la que podrían vivir. Lo cierto es que Miller vuelve a poner a sus personajes en medio de una crisis vital, buceando en sus vínculos filiales, y animándose a dar un paso más: la posibilidad de incesto. La honestidad con que lo trata evita estrategias macabras, maniqueas. Y es que nada es simplista en la mirada de Miller. Slavin por ejemplo, es un personaje riquísimo. Por un lado, es un Quijote luchando en una batalla que parece perdida, por otro, el tipo práctico que no duda en resolver sus problemas afectivos con dinero. Lo mismo en Rose, especie de Electra contemporánea con quien resulta más que significativa la afirmación de Miller de dedicarse a la psicología o la psiquiatría de no ser la escritora y cineasta que es. Simplemente porque siente “curiosidad sobre la gente”, y porque la empatía es según su visión, el más importante atributo de todo artista. El resultado de esas certezas cristaliza en La balada... como un ensayo maduro que esquiva moralejas y desafía convenciones.
En lo formal Miller ya casi se ha desprendido de su cámara portátil, introduce secuencias de mayor lirismo, y apuesta a una banda sonora potente, que incluye nombres como el de Bob Dylan. El casting vuelve a ser un acierto, incluso en los desconocidos Camille Belle. El proyecto ha sido una vez más independiente y Miller, al igual que en sus otras películas ha priorizado el trabajo en equipo, siendo dos de sus puntales la directora de fotografía, Ellen Kuras y la de casting, Cindy Tolan. Dicen que, en propiciar ese ambiente cooperativo, Miller se parece bastante a Scorsese. Nada menos.
Por Ángeles Blanco, publicado en El País Cultural, Nro. 883, 2006.
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