
Una bendición, de Toni Morrison. Random House Mondadori S.A, Lumen Narrativa. Barcelona, 2009. 189 págs. Distribuye Sudamericana.
Las venas todavía abiertas
Fiel a un estilo que ha sabido amalgamar sus virtudes literarias con una marcada inquietud en las luchas contra la discriminación racial, la afroamericana Toni Morrison (Ohio, 1931) transita en su última novela, Una bendición, algunos tópicos inherentes al conjunto de su obra. La presencia de la cultura negra cobra, en ese sentido, un plano medular, así también como el imperativo de lo femenino, dos elementos sustanciales de un universo narrativo que en 1993, y gracias a novelas como La canción de Salomón (1977), Beloved (1987) y Jazz (1992), le valió la obtención del Nobel de Literatura. Cierto es que la distinción de un Nobel, per se, no siempre es indicio de calidad literaria, y que en el caso de Morrison además, dada su condición de escritora negra, no deben haber sido pocas las suspicacias tejidas en torno al fallo de un jurado muchas veces proclive a ponderar lo políticamente correcto. El dato, sin embargo, no debería pasarse por alto, teniendo en cuenta, además, que Morrison es uno de los apenas cinco escritores estadounidenses premiados con el Nobel; una nómina escueta pero luminosa de autores tan referenciales como William Faulkner y Ernest Hemingway.
Florens, una de las protagonistas de esta historia, es una esclava que cumple tareas en una granja y en un Estados Unidos muy pretérito y fundacional, a fines del siglo XVII. Como toda adolescente, la chica despierta un buen día al amor de un hombre que, en este caso, ostenta un estatus inusual: ser negro y libre. Sobre él se depositarán no sólo las esperanzas de Florens, sino también, con distinto signo, las de de su ama y demás habitantes de la granja. De hecho su intervención definirá el futuro de estas mujeres y es allí, en esa acción salvadora, donde bien podría verse una metáfora del ascenso de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos, un hombre negro sobre quien también recaen las expectativas no ya de algunas personas, sino de una nación entera. Más allá de las semejanzas, Morrison ha descartado cualquier atisbo de intencionalidad, reconociendo, eso sí, su admiración por el novel presidente. Admiración que trasciende lo estrictamente político al elogiar, de modo enfático, las competencias literarias demostradas por Obama en su autobiografía Los sueños de mi padre.
El enamoramiento de Florens, entonces, es apenas una de las líneas argumentales de esta nouvelle rica en perspectivas, casi arborescente en su planteo formal. En efecto cada uno de los protagonistas aporta al esquema general una historia propia que, en conjunto, opera como un fresco verosímil de ese conglomerado racial y de esa potencia arrolladora que luego se llamará Estados Unidos de América. Un Estados Unidos conmovedor en la belleza de su naturaleza todavía indómita, con sus valles y sus bosques generosos, donde reinan el oso y el ciervo. Un Estados Unidos que promete progreso al europeo emprendedor, a quienes huyen del fanatismo religioso o de la miseria más abyecta. Un Estados Unidos que comienza a acorralar a sus hijos nativos, obedientes del águila y de la montaña, y que somete a los hijos de una tierra lejana, con cadenas en los pies y ausencia en la mirada. Más que marco, ese Estados Unidos fermental es motivo. Morrison lo explora en sus intersticios, y ubica allí su laboratorio de almas, con hombres y mujeres tan singulares en su complejidad como semejantes en la desdicha. Una excepción, en este sentido, ocurre en uno de los personajes, un esclavista portugués de apellido D’Ortega, que si bien no genera ninguna simpatía dado su oficio, padece un maniqueísmo no siempre infrecuente en cierta mirada anglosajona sobre españoles, portugueses o italianos. Hombre ostentoso, “tenaz en el error”, derrochador, inescrupuloso, su esposa es una “urraca charlatana” que hace comentarios absurdos. Parece demasiado. El apunte, sin embargo, no opaca aciertos de elaboración en el resto de los personajes, hermanados en la nota de orfandad o abandono familiar que los signa, desde el dueño de la propiedad, Jacob Vaark, hasta la esclava indígena que lo sirve, y que vio asesinar a su familia y a todo su pueblo. Vale aquí precisar un aporte de Morrison, no demasiado extendido, respecto a la mano de obra esclava no negra que también supo emplearse en las Américas. Se trataba de hombres y mujeres nativos de la zona, pero también de europeos marginales, generalmente hijos de padres endeudados cuyo acreedor, sin más recursos adonde echar mano, tomaba a cambio la fuerza de trabajo de los más jóvenes.
Imposible no detectar en el relato de Morrison, en esa América colonial y agreste, puntos de contacto con La letra escarlata de Hawthorne, o con Las brujas de Salem de Miller. De hecho el texto se desarrolla en 1690, fecha cercana a ese episodio negro de la historia americana, cuando la histeria colectiva y el fanatismo religioso ganó al pueblo de Salem, deparando la muerte para tantas personas inocentes acusadas de brujería. Un pasaje de Una bendición, donde la desnudez de Florens es examinada por hombres y mujeres blancos que buscan en su piel alguna señal del “Maligno” es sintomático en este sentido. Imposible no detectar, tampoco, la nota de maternidad trunca y dolorosa que marca la vida de las protagonistas, y que en el caso de Florens resulta particularmente traumática cuando su madre, también esclava, decide entregarla a un extraño para servirle. En esa decisión dura, inexplicable para la hija, hay una clara similitud con el sacrificio extremo que una madre esclava hacía en Beloved, novela por la que Morrison obtendría el Pulitzer en 1988, donde el infanticidio era el único escape a un destino que no merecía ser vivido. En ese gesto terrible, antinatural, no cabe mejor alegato contra la barbarie esclavista que ganó las mentalidades de una época. No cabe mejor alegato, en definitiva, con esa deuda pendiente que Occidente guarda todavía con el continente africano.
Cada párrafo de Morrison rompe con fluidez líneas temporales y espaciales, meciendo al lector en un ejercicio de pulida pericia. Una acción remite a otra, se introduce en otras líneas del relato, como las ramas de un árbol se bifurcan en otras más pequeñas y éstas a su vez, en nuevos brotes. Así, en ese suave discurrir, Morrison certifica una de las mejores cualidades de su impronta creativa. Allí, y en el intento, extendido pero no siempre exitoso, de conciliar ética y estética.
Por Ángeles Blanco, publicado en semanario Brecha, agosto de 2009.
Las venas todavía abiertas
Fiel a un estilo que ha sabido amalgamar sus virtudes literarias con una marcada inquietud en las luchas contra la discriminación racial, la afroamericana Toni Morrison (Ohio, 1931) transita en su última novela, Una bendición, algunos tópicos inherentes al conjunto de su obra. La presencia de la cultura negra cobra, en ese sentido, un plano medular, así también como el imperativo de lo femenino, dos elementos sustanciales de un universo narrativo que en 1993, y gracias a novelas como La canción de Salomón (1977), Beloved (1987) y Jazz (1992), le valió la obtención del Nobel de Literatura. Cierto es que la distinción de un Nobel, per se, no siempre es indicio de calidad literaria, y que en el caso de Morrison además, dada su condición de escritora negra, no deben haber sido pocas las suspicacias tejidas en torno al fallo de un jurado muchas veces proclive a ponderar lo políticamente correcto. El dato, sin embargo, no debería pasarse por alto, teniendo en cuenta, además, que Morrison es uno de los apenas cinco escritores estadounidenses premiados con el Nobel; una nómina escueta pero luminosa de autores tan referenciales como William Faulkner y Ernest Hemingway.
Florens, una de las protagonistas de esta historia, es una esclava que cumple tareas en una granja y en un Estados Unidos muy pretérito y fundacional, a fines del siglo XVII. Como toda adolescente, la chica despierta un buen día al amor de un hombre que, en este caso, ostenta un estatus inusual: ser negro y libre. Sobre él se depositarán no sólo las esperanzas de Florens, sino también, con distinto signo, las de de su ama y demás habitantes de la granja. De hecho su intervención definirá el futuro de estas mujeres y es allí, en esa acción salvadora, donde bien podría verse una metáfora del ascenso de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos, un hombre negro sobre quien también recaen las expectativas no ya de algunas personas, sino de una nación entera. Más allá de las semejanzas, Morrison ha descartado cualquier atisbo de intencionalidad, reconociendo, eso sí, su admiración por el novel presidente. Admiración que trasciende lo estrictamente político al elogiar, de modo enfático, las competencias literarias demostradas por Obama en su autobiografía Los sueños de mi padre.
El enamoramiento de Florens, entonces, es apenas una de las líneas argumentales de esta nouvelle rica en perspectivas, casi arborescente en su planteo formal. En efecto cada uno de los protagonistas aporta al esquema general una historia propia que, en conjunto, opera como un fresco verosímil de ese conglomerado racial y de esa potencia arrolladora que luego se llamará Estados Unidos de América. Un Estados Unidos conmovedor en la belleza de su naturaleza todavía indómita, con sus valles y sus bosques generosos, donde reinan el oso y el ciervo. Un Estados Unidos que promete progreso al europeo emprendedor, a quienes huyen del fanatismo religioso o de la miseria más abyecta. Un Estados Unidos que comienza a acorralar a sus hijos nativos, obedientes del águila y de la montaña, y que somete a los hijos de una tierra lejana, con cadenas en los pies y ausencia en la mirada. Más que marco, ese Estados Unidos fermental es motivo. Morrison lo explora en sus intersticios, y ubica allí su laboratorio de almas, con hombres y mujeres tan singulares en su complejidad como semejantes en la desdicha. Una excepción, en este sentido, ocurre en uno de los personajes, un esclavista portugués de apellido D’Ortega, que si bien no genera ninguna simpatía dado su oficio, padece un maniqueísmo no siempre infrecuente en cierta mirada anglosajona sobre españoles, portugueses o italianos. Hombre ostentoso, “tenaz en el error”, derrochador, inescrupuloso, su esposa es una “urraca charlatana” que hace comentarios absurdos. Parece demasiado. El apunte, sin embargo, no opaca aciertos de elaboración en el resto de los personajes, hermanados en la nota de orfandad o abandono familiar que los signa, desde el dueño de la propiedad, Jacob Vaark, hasta la esclava indígena que lo sirve, y que vio asesinar a su familia y a todo su pueblo. Vale aquí precisar un aporte de Morrison, no demasiado extendido, respecto a la mano de obra esclava no negra que también supo emplearse en las Américas. Se trataba de hombres y mujeres nativos de la zona, pero también de europeos marginales, generalmente hijos de padres endeudados cuyo acreedor, sin más recursos adonde echar mano, tomaba a cambio la fuerza de trabajo de los más jóvenes.
Imposible no detectar en el relato de Morrison, en esa América colonial y agreste, puntos de contacto con La letra escarlata de Hawthorne, o con Las brujas de Salem de Miller. De hecho el texto se desarrolla en 1690, fecha cercana a ese episodio negro de la historia americana, cuando la histeria colectiva y el fanatismo religioso ganó al pueblo de Salem, deparando la muerte para tantas personas inocentes acusadas de brujería. Un pasaje de Una bendición, donde la desnudez de Florens es examinada por hombres y mujeres blancos que buscan en su piel alguna señal del “Maligno” es sintomático en este sentido. Imposible no detectar, tampoco, la nota de maternidad trunca y dolorosa que marca la vida de las protagonistas, y que en el caso de Florens resulta particularmente traumática cuando su madre, también esclava, decide entregarla a un extraño para servirle. En esa decisión dura, inexplicable para la hija, hay una clara similitud con el sacrificio extremo que una madre esclava hacía en Beloved, novela por la que Morrison obtendría el Pulitzer en 1988, donde el infanticidio era el único escape a un destino que no merecía ser vivido. En ese gesto terrible, antinatural, no cabe mejor alegato contra la barbarie esclavista que ganó las mentalidades de una época. No cabe mejor alegato, en definitiva, con esa deuda pendiente que Occidente guarda todavía con el continente africano.
Cada párrafo de Morrison rompe con fluidez líneas temporales y espaciales, meciendo al lector en un ejercicio de pulida pericia. Una acción remite a otra, se introduce en otras líneas del relato, como las ramas de un árbol se bifurcan en otras más pequeñas y éstas a su vez, en nuevos brotes. Así, en ese suave discurrir, Morrison certifica una de las mejores cualidades de su impronta creativa. Allí, y en el intento, extendido pero no siempre exitoso, de conciliar ética y estética.
Por Ángeles Blanco, publicado en semanario Brecha, agosto de 2009.
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