viernes, 26 de febrero de 2010


El Noir suburbano, de Hugo Fontana. Casa editorial HUM, 2009. 99 páginas.


Hoover, el lago y las maniobras del olvido


Son pocos los lugares, o mejor dicho los no-lugares, capaces de destilar una soledad tan honda y turbadora como los hoteles. Si se ubican sobre una carretera, envueltos en la llanura y fuera de temporada, el efecto puede ser devastador. Quizás por ello, y por esa suerte de culto a la impersonalidad que rinden sus muros, tantos suicidas los elijan como última morada. Quizás por ello también, esa costumbre tan puritana y tan estadounidense de guardar una Biblia en cada una de sus habitaciones, por si acaso la pena no dé tregua al alma atribulada.
El noir suburbano, última novela de Hugo Fontana, se ubica en un escenario de estas características, un motel de carretera atado a la veleidad estacional y a la rentabilidad turística de un lago. Entre sus muros no se llevó a cabo ningún suicidio, aunque quizás sí se haya detonado la idea, al igual que la del crimen que hizo medianamente célebre una de sus habitaciones. A cargo del negocio, un hombre pasa sus días sin mayores sueños o apremios, en compañía de su esposa y de un perro con nombre de agente de Inteligencia: Hoover. Es parco este señor, mucho. Ha moldeado su aspereza en la administración de una herencia dudosamente bienvenida, este hotel donde cada noche se acuesta con la mujer que parece desdeñar o incomprender, compartiendo los inviernos demasiado largos y el café de la mañana, perdida la vista en la infinitud de la carretera. La amargura emana también de lo inaprensible, de las relaciones efímeras y meramente comerciales entabladas con la gente que va y que viene, peregrinos que arrastran vidas apenas intuidas en los pequeños detalles, en las manchas de grasa de una camisa, o en el diálogo escueto que revela oficios o patrias lejanas.
Sea como fuere, este hombre desapasionado -y brutal-, es el narrador de buena parte de esta nouvelle, casi hasta la mitad, punto donde el lector comenzará a reconocer otras voces, una inesperada polifonía que multiplica perspectivas sobre los hechos y los personajes. Algunos capítulos sostienen un diálogo particular entre sí, retomando frases o pasajes anteriores; una suerte de deja vu o ejercicio anafórico y diestro. La estructura del texto se permite otro imprevisible. Porque si en las primeras páginas, el asesinato de una mucama del hotel conocida como “la uruguaya”, parecía dar con la nota de un claro relato policial, las siguientes hacen añicos esa expectativa, el crimen es apenas un vago telón de fondo. O quizás no tanto. Porque la presencia de un escritor que ha trastornado la vida del dueño del hotel –aunque él lo ignore- reaviva las brasas de la duda, y porque el lector nunca sesga en su intento de aclarar el misterio. Más allá de las cavilaciones, lo cierto es que a partir del crimen, el texto recorre caminos más introspectivos, hurga en la conducta de esos personajes imantados por el hotel del hombrecillo hosco, ahora visto desde otro ángulo de cámara.
Esta opción estructural, donde la historia parece cambiar inesperadamente de rumbo, puede resultar, quizás, algo curiosa. “Una novela escrita a dos manos, con una mano que traiciona permanentemente el hilo de la historia y lo deriva hacia los rincones más oscuros”, reflexiona el escritor inquietante, y quizás quepa en ello alguna lectura entrelíneas. Más allá de ese guiño, fueron sin duda dos las manos que amasaron algunos capítulos finales, uno de ellos dedicado a Álvaro Ojeda, su aparente mentor, y otro claramente a él atribuido, deslizando una nítida complicidad creativa.
Transitando de cabo a rabo la historia, una atmósfera amenazante hace su juego, como una tormenta que se cierne lenta e implacable sobre la planicie. A esa tensión mansa y empecinada, le corresponde una prosa elusiva de ornamentos o prótesis, atributos que no desmienten la admiración de Fontana por la pluma y el pulso carverianos. Esa impronta se extiende a la construcción de los personajes, seres de carne y hueso ocupados en oficios cotidianos, cuando no nimios, soñando sueños pequeños o nulos, transcurriendo sus días a pesar de la vida y sus derrotas, muchas de ellas tramposamente ahogadas en alcohol. Del conjunto, sobresale ese escritor que ha vuelto al hotel para “recuperar un instante”, para “apenas multiplicar las maniobras del olvido”. Un escritor que se sabe sin vigor y sin talento, conciente de que “se escribe para matar al hombre que no quisimos ser, para crear un personaje detestable y enfrentarlo luego a una derrota de la que no se podrá recuperar por el resto de sus días”. Nuevamente, una lectura entrelíneas se hace irresistible.
Perfilando el escenario, el contorno de un espacio inequívocamente asociado al universo simbólico estadounidense, apenas aludido en la referencia a los estados de la Unión, a Daytona o al propio Hoover, a una gasolinera en lugar de “estación de servicio”, a los camiones pesados que recorren las entrañas de la nación arrolladora. La recurrencia a un espacio de acción tantas veces convocado en el cine y la literatura podría resultar una impostura, una prenda a la que se le ven demasiado las costuras, pero no es el caso y cabe agradecerlo. Es probable, en este sentido, que la admiración de Fontana por la narrativa estadounidense se plasme en una historia que no pueda tener mejor escenario que la propia tierra que le dio origen. Quien sabe. Lo que importa es el resultado, el mérito de un texto que se atreve a descolocar al lector, sin ahuyentarlo. El intento de eludir fórmulas y burlar fronteras, operaciones que en literatura son siempre tan subversivas como bienvenidas.



Por Ángeles Blanco, publicado en Semanario Brecha, 26 de febrero de 2010.

lunes, 8 de febrero de 2010


El museo de la inocencia, de Orhan Pamuk. Editorial Sudamericana, 2009. 648 págs.

Desde Estambul, con amor

Es probable que en algún momento de la vida, quizás cuando el tiempo haya hecho su tarea sobre el cuerpo y sobre el espíritu, a cada persona le sea concedido identificar, con total claridad, ese instante perfecto y efímero en el que supo experimentar el más codiciado de los intangibles: la felicidad. Para Kemal Basmaci, el protagonista de El museo de la inocencia de Orhan Pamuk, ese instante ocurrió un lunes 26 de mayo de 1976, cerca de las tres de la tarde, cuando el pendiente de la muchacha que acababa de besar, la bella Fusum, se desprendió de su oreja y saltó por el aire para suspenderse allí, gracioso e inmóvil, hasta ser derribado sobre la tibia anarquía de las sábanas.
Esta nota de melancolía y de precisión milimétrica que recorre toda la novela, da cuenta del estado de ánimo de su protagonista, un joven que sufre todos los síntomas del “mal de amor”, pero llevado al paroxismo, a la más completa obsesión. Tanto desasosiego, que nace de la relación trunca con una prima llamada Fusun, redundará en una tarea a la medida de un perfecto loco enamorado: recolectar aquí y allá, primero compulsivamente, luego bajo un plan, todos los objetos que le recuerden el vínculo con su amada. Labiales, horquillas, publicidades de la época, zapatos, entradas de cine, y hasta las colillas de cigarro donde los labios de Fusum se posaron, son recolectados con amorosa pericia por este fetichista incorregible que, buscando inspiración y consuelo, ha visitado 1.743 museos y ha observado que “tras cada persona obsesionada con recopilar objetos y apilarlos en un rincón subyace un corazón roto, un problema profundo, una herida espiritual difícil de explicar”.
Lo que fluye en todo este planteo es, una vez más en la obra de Pamuk, la auscultación de la sociedad turca y su derrotero histórico, el poderoso contraste entre Oriente y Occidente, la naturaleza de una cultura-bisagra entre ambos mundos. Dentro de las múltiples notas sobre Estambul que, como en una escritura palimséstica asoman en el texto, el lector descubrirá cómo hasta los años noventa, los museos personales, dedicados a albergar objetos de la vida privada, eran una auténtica rareza en Turquía. En contrapartida, y como intentando corregir una falla social, abundaban las “casas basurero”, verdaderos depósitos de la memoria colectiva que no gozaban de buen estatus, ya que en Turquía, al parecer, “…la recopilación no se vive como algo respetable que servirá de aportación a la ciencia y a la educación, sino como una vergüenza que hay que ocultar”. Lo explícito de esa crítica resume, de alguna manera, la complejidad de un país que recién en los años treinta del pasado siglo supo abrazar la modernidad de la mano de Ataturk (literalmente “padre de todos los turcos”), y cuya historia reciente es destilada en varias zonas del texto que señalan sus claroscuros, desde la corrupción del sistema burocrático a la sucesión de golpes de Estado o el machismo sofocante aún en los estratos más permeables a la occidentalización. La autocrítica desemboca a veces en una suerte de honestidad brutal, al comentar cómo en los años setenta, la reciente adopción de la minifalda no calzaba demasiado bien en las poco esbeltas piernas estambulíes. Comentarios así de sinceros, aunque en terrenos infinitamente más delicados, sobre la responsabilidad de Turquía en el genocidio del pueblo armenio, le valieron a Pamuk serias querellas legales en 2004.
Pero sería injusto señalar tanta disonancia sin considerar las deliciosas descripciones de Estambul y de su gente, la belleza de sus parques y de sus esplendorosas ruinas, los sabores dulces y el aroma a café, algas y tilos, su nieve y sus cielos incomparablemente luminosos, y ese río Bósforo que más que separar dos continentes, divide a dos mundos, y que es casi una metáfora de la tensión entre un sector social deseoso de modernidad, y otro temeroso de ser vulnerado en su identidad. De hecho el personaje de Fusum, de condición humilde, es un móvil perfecto para indagar en las tradiciones y en la cultura popular turcas, muchas veces motivo vergonzante para los sectores más poderosos, siempre ansiosos de reflejarse en el espejo de Occidente. Sus pretensiones como actriz en la denostada cinematografía local, Yesilcam, una verdadera industria nacional comparable al Bollywood indio, es un pie ideal para abarcar ese fenómeno de notable peso comercial y simbólico.
Es aquí, entonces, en este retrato de la sociedad turca y sus contrastes, donde el texto encuentra su mayor virtud. Para dar esas pinceladas, Pamuk elige un relato perfectamente lineal y minucioso que guarda todas las claves del novelón decimonónico, ese prodigio tan propio de la modernidad como los museos admirados por Kemal. Sin embargo, algo conspira contra esa armonía entre tema y forma. Algo se diluye en esas 648 páginas donde, por momentos, se incurre en un exceso de la denotación, en una prosa porfiadamente recargada que, en algunos pasajes, termina estrangulando la resonancia, la sugerencia. El problema no está en la extensión, sino en cómo hacer creíble una historia que, en la estereotipada peripecia de un amor irrealizable por las diferencias de clase, existen demasiadas semejanzas con los melodramas de Yesilcam. Es probable, eso sí, que allí quepa un homenaje, no sólo a esa “fábrica de sueños” turca, sino a las clases populares que se dejaron seducir por su artificio. El final, en tanto, inesperadamente abrupto y posmoderno, ayuda a calibrar el conjunto. Porque en la dudosa felicidad que afirma Kemal en la última línea, parece rozarse, tal vez, algo de la amarga belleza que plasmaron los grandes realistas rusos, esos sabios escrutadores de almas, también a caballo entre dos mundos.
Al igual que Kemal, Orhan Pamuk nació en una familia acomodada de Estambul, y tiene prevista en esa ciudad, la apertura de un museo que evoque el amor, una suerte de continum entre la literatura y la vida. Obras como El castillo blanco, Estambul y Me llamo Rojo, le valieron la obtención del Nobel de literatura en 2006, entre otras virtudes, por tender un puente entre Oriente y Occidente. Más allá del peso que esa apreciación pueda tener en la valoración de una literatura, no cabe duda de que en esa hibridación, más que en su temido “choque”, es donde Pamuk ha encontrado su natural sustrato de inspiración, el sello logradísimo de su escritura.

Por Ángeles Blanco, publicado en semanario Brecha, 29 de enero de 2010.

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