
El museo de la inocencia, de Orhan Pamuk. Editorial Sudamericana, 2009. 648 págs.
Desde Estambul, con amor
Es probable que en algún momento de la vida, quizás cuando el tiempo haya hecho su tarea sobre el cuerpo y sobre el espíritu, a cada persona le sea concedido identificar, con total claridad, ese instante perfecto y efímero en el que supo experimentar el más codiciado de los intangibles: la felicidad. Para Kemal Basmaci, el protagonista de El museo de la inocencia de Orhan Pamuk, ese instante ocurrió un lunes 26 de mayo de 1976, cerca de las tres de la tarde, cuando el pendiente de la muchacha que acababa de besar, la bella Fusum, se desprendió de su oreja y saltó por el aire para suspenderse allí, gracioso e inmóvil, hasta ser derribado sobre la tibia anarquía de las sábanas.
Esta nota de melancolía y de precisión milimétrica que recorre toda la novela, da cuenta del estado de ánimo de su protagonista, un joven que sufre todos los síntomas del “mal de amor”, pero llevado al paroxismo, a la más completa obsesión. Tanto desasosiego, que nace de la relación trunca con una prima llamada Fusun, redundará en una tarea a la medida de un perfecto loco enamorado: recolectar aquí y allá, primero compulsivamente, luego bajo un plan, todos los objetos que le recuerden el vínculo con su amada. Labiales, horquillas, publicidades de la época, zapatos, entradas de cine, y hasta las colillas de cigarro donde los labios de Fusum se posaron, son recolectados con amorosa pericia por este fetichista incorregible que, buscando inspiración y consuelo, ha visitado 1.743 museos y ha observado que “tras cada persona obsesionada con recopilar objetos y apilarlos en un rincón subyace un corazón roto, un problema profundo, una herida espiritual difícil de explicar”.
Lo que fluye en todo este planteo es, una vez más en la obra de Pamuk, la auscultación de la sociedad turca y su derrotero histórico, el poderoso contraste entre Oriente y Occidente, la naturaleza de una cultura-bisagra entre ambos mundos. Dentro de las múltiples notas sobre Estambul que, como en una escritura palimséstica asoman en el texto, el lector descubrirá cómo hasta los años noventa, los museos personales, dedicados a albergar objetos de la vida privada, eran una auténtica rareza en Turquía. En contrapartida, y como intentando corregir una falla social, abundaban las “casas basurero”, verdaderos depósitos de la memoria colectiva que no gozaban de buen estatus, ya que en Turquía, al parecer, “…la recopilación no se vive como algo respetable que servirá de aportación a la ciencia y a la educación, sino como una vergüenza que hay que ocultar”. Lo explícito de esa crítica resume, de alguna manera, la complejidad de un país que recién en los años treinta del pasado siglo supo abrazar la modernidad de la mano de Ataturk (literalmente “padre de todos los turcos”), y cuya historia reciente es destilada en varias zonas del texto que señalan sus claroscuros, desde la corrupción del sistema burocrático a la sucesión de golpes de Estado o el machismo sofocante aún en los estratos más permeables a la occidentalización. La autocrítica desemboca a veces en una suerte de honestidad brutal, al comentar cómo en los años setenta, la reciente adopción de la minifalda no calzaba demasiado bien en las poco esbeltas piernas estambulíes. Comentarios así de sinceros, aunque en terrenos infinitamente más delicados, sobre la responsabilidad de Turquía en el genocidio del pueblo armenio, le valieron a Pamuk serias querellas legales en 2004.
Pero sería injusto señalar tanta disonancia sin considerar las deliciosas descripciones de Estambul y de su gente, la belleza de sus parques y de sus esplendorosas ruinas, los sabores dulces y el aroma a café, algas y tilos, su nieve y sus cielos incomparablemente luminosos, y ese río Bósforo que más que separar dos continentes, divide a dos mundos, y que es casi una metáfora de la tensión entre un sector social deseoso de modernidad, y otro temeroso de ser vulnerado en su identidad. De hecho el personaje de Fusum, de condición humilde, es un móvil perfecto para indagar en las tradiciones y en la cultura popular turcas, muchas veces motivo vergonzante para los sectores más poderosos, siempre ansiosos de reflejarse en el espejo de Occidente. Sus pretensiones como actriz en la denostada cinematografía local, Yesilcam, una verdadera industria nacional comparable al Bollywood indio, es un pie ideal para abarcar ese fenómeno de notable peso comercial y simbólico.
Es aquí, entonces, en este retrato de la sociedad turca y sus contrastes, donde el texto encuentra su mayor virtud. Para dar esas pinceladas, Pamuk elige un relato perfectamente lineal y minucioso que guarda todas las claves del novelón decimonónico, ese prodigio tan propio de la modernidad como los museos admirados por Kemal. Sin embargo, algo conspira contra esa armonía entre tema y forma. Algo se diluye en esas 648 páginas donde, por momentos, se incurre en un exceso de la denotación, en una prosa porfiadamente recargada que, en algunos pasajes, termina estrangulando la resonancia, la sugerencia. El problema no está en la extensión, sino en cómo hacer creíble una historia que, en la estereotipada peripecia de un amor irrealizable por las diferencias de clase, existen demasiadas semejanzas con los melodramas de Yesilcam. Es probable, eso sí, que allí quepa un homenaje, no sólo a esa “fábrica de sueños” turca, sino a las clases populares que se dejaron seducir por su artificio. El final, en tanto, inesperadamente abrupto y posmoderno, ayuda a calibrar el conjunto. Porque en la dudosa felicidad que afirma Kemal en la última línea, parece rozarse, tal vez, algo de la amarga belleza que plasmaron los grandes realistas rusos, esos sabios escrutadores de almas, también a caballo entre dos mundos.
Al igual que Kemal, Orhan Pamuk nació en una familia acomodada de Estambul, y tiene prevista en esa ciudad, la apertura de un museo que evoque el amor, una suerte de continum entre la literatura y la vida. Obras como El castillo blanco, Estambul y Me llamo Rojo, le valieron la obtención del Nobel de literatura en 2006, entre otras virtudes, por tender un puente entre Oriente y Occidente. Más allá del peso que esa apreciación pueda tener en la valoración de una literatura, no cabe duda de que en esa hibridación, más que en su temido “choque”, es donde Pamuk ha encontrado su natural sustrato de inspiración, el sello logradísimo de su escritura.
Por Ángeles Blanco, publicado en semanario Brecha, 29 de enero de 2010.
Desde Estambul, con amor
Es probable que en algún momento de la vida, quizás cuando el tiempo haya hecho su tarea sobre el cuerpo y sobre el espíritu, a cada persona le sea concedido identificar, con total claridad, ese instante perfecto y efímero en el que supo experimentar el más codiciado de los intangibles: la felicidad. Para Kemal Basmaci, el protagonista de El museo de la inocencia de Orhan Pamuk, ese instante ocurrió un lunes 26 de mayo de 1976, cerca de las tres de la tarde, cuando el pendiente de la muchacha que acababa de besar, la bella Fusum, se desprendió de su oreja y saltó por el aire para suspenderse allí, gracioso e inmóvil, hasta ser derribado sobre la tibia anarquía de las sábanas.
Esta nota de melancolía y de precisión milimétrica que recorre toda la novela, da cuenta del estado de ánimo de su protagonista, un joven que sufre todos los síntomas del “mal de amor”, pero llevado al paroxismo, a la más completa obsesión. Tanto desasosiego, que nace de la relación trunca con una prima llamada Fusun, redundará en una tarea a la medida de un perfecto loco enamorado: recolectar aquí y allá, primero compulsivamente, luego bajo un plan, todos los objetos que le recuerden el vínculo con su amada. Labiales, horquillas, publicidades de la época, zapatos, entradas de cine, y hasta las colillas de cigarro donde los labios de Fusum se posaron, son recolectados con amorosa pericia por este fetichista incorregible que, buscando inspiración y consuelo, ha visitado 1.743 museos y ha observado que “tras cada persona obsesionada con recopilar objetos y apilarlos en un rincón subyace un corazón roto, un problema profundo, una herida espiritual difícil de explicar”.
Lo que fluye en todo este planteo es, una vez más en la obra de Pamuk, la auscultación de la sociedad turca y su derrotero histórico, el poderoso contraste entre Oriente y Occidente, la naturaleza de una cultura-bisagra entre ambos mundos. Dentro de las múltiples notas sobre Estambul que, como en una escritura palimséstica asoman en el texto, el lector descubrirá cómo hasta los años noventa, los museos personales, dedicados a albergar objetos de la vida privada, eran una auténtica rareza en Turquía. En contrapartida, y como intentando corregir una falla social, abundaban las “casas basurero”, verdaderos depósitos de la memoria colectiva que no gozaban de buen estatus, ya que en Turquía, al parecer, “…la recopilación no se vive como algo respetable que servirá de aportación a la ciencia y a la educación, sino como una vergüenza que hay que ocultar”. Lo explícito de esa crítica resume, de alguna manera, la complejidad de un país que recién en los años treinta del pasado siglo supo abrazar la modernidad de la mano de Ataturk (literalmente “padre de todos los turcos”), y cuya historia reciente es destilada en varias zonas del texto que señalan sus claroscuros, desde la corrupción del sistema burocrático a la sucesión de golpes de Estado o el machismo sofocante aún en los estratos más permeables a la occidentalización. La autocrítica desemboca a veces en una suerte de honestidad brutal, al comentar cómo en los años setenta, la reciente adopción de la minifalda no calzaba demasiado bien en las poco esbeltas piernas estambulíes. Comentarios así de sinceros, aunque en terrenos infinitamente más delicados, sobre la responsabilidad de Turquía en el genocidio del pueblo armenio, le valieron a Pamuk serias querellas legales en 2004.
Pero sería injusto señalar tanta disonancia sin considerar las deliciosas descripciones de Estambul y de su gente, la belleza de sus parques y de sus esplendorosas ruinas, los sabores dulces y el aroma a café, algas y tilos, su nieve y sus cielos incomparablemente luminosos, y ese río Bósforo que más que separar dos continentes, divide a dos mundos, y que es casi una metáfora de la tensión entre un sector social deseoso de modernidad, y otro temeroso de ser vulnerado en su identidad. De hecho el personaje de Fusum, de condición humilde, es un móvil perfecto para indagar en las tradiciones y en la cultura popular turcas, muchas veces motivo vergonzante para los sectores más poderosos, siempre ansiosos de reflejarse en el espejo de Occidente. Sus pretensiones como actriz en la denostada cinematografía local, Yesilcam, una verdadera industria nacional comparable al Bollywood indio, es un pie ideal para abarcar ese fenómeno de notable peso comercial y simbólico.
Es aquí, entonces, en este retrato de la sociedad turca y sus contrastes, donde el texto encuentra su mayor virtud. Para dar esas pinceladas, Pamuk elige un relato perfectamente lineal y minucioso que guarda todas las claves del novelón decimonónico, ese prodigio tan propio de la modernidad como los museos admirados por Kemal. Sin embargo, algo conspira contra esa armonía entre tema y forma. Algo se diluye en esas 648 páginas donde, por momentos, se incurre en un exceso de la denotación, en una prosa porfiadamente recargada que, en algunos pasajes, termina estrangulando la resonancia, la sugerencia. El problema no está en la extensión, sino en cómo hacer creíble una historia que, en la estereotipada peripecia de un amor irrealizable por las diferencias de clase, existen demasiadas semejanzas con los melodramas de Yesilcam. Es probable, eso sí, que allí quepa un homenaje, no sólo a esa “fábrica de sueños” turca, sino a las clases populares que se dejaron seducir por su artificio. El final, en tanto, inesperadamente abrupto y posmoderno, ayuda a calibrar el conjunto. Porque en la dudosa felicidad que afirma Kemal en la última línea, parece rozarse, tal vez, algo de la amarga belleza que plasmaron los grandes realistas rusos, esos sabios escrutadores de almas, también a caballo entre dos mundos.
Al igual que Kemal, Orhan Pamuk nació en una familia acomodada de Estambul, y tiene prevista en esa ciudad, la apertura de un museo que evoque el amor, una suerte de continum entre la literatura y la vida. Obras como El castillo blanco, Estambul y Me llamo Rojo, le valieron la obtención del Nobel de literatura en 2006, entre otras virtudes, por tender un puente entre Oriente y Occidente. Más allá del peso que esa apreciación pueda tener en la valoración de una literatura, no cabe duda de que en esa hibridación, más que en su temido “choque”, es donde Pamuk ha encontrado su natural sustrato de inspiración, el sello logradísimo de su escritura.
Por Ángeles Blanco, publicado en semanario Brecha, 29 de enero de 2010.
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