
El Noir suburbano, de Hugo Fontana. Casa editorial HUM, 2009. 99 páginas.
Son pocos los lugares, o mejor dicho los no-lugares, capaces de destilar una soledad tan honda y turbadora como los hoteles. Si se ubican sobre una carretera, envueltos en la llanura y fuera de temporada, el efecto puede ser devastador. Quizás por ello, y por esa suerte de culto a la impersonalidad que rinden sus muros, tantos suicidas los elijan como última morada. Quizás por ello también, esa costumbre tan puritana y tan estadounidense de guardar una Biblia en cada una de sus habitaciones, por si acaso la pena no dé tregua al alma atribulada.
El noir suburbano, última novela de Hugo Fontana, se ubica en un escenario de estas características, un motel de carretera atado a la veleidad estacional y a la rentabilidad turística de un lago. Entre sus muros no se llevó a cabo ningún suicidio, aunque quizás sí se haya detonado la idea, al igual que la del crimen que hizo medianamente célebre una de sus habitaciones. A cargo del negocio, un hombre pasa sus días sin mayores sueños o apremios, en compañía de su esposa y de un perro con nombre de agente de Inteligencia: Hoover. Es parco este señor, mucho. Ha moldeado su aspereza en la administración de una herencia dudosamente bienvenida, este hotel donde cada noche se acuesta con la mujer que parece desdeñar o incomprender, compartiendo los inviernos demasiado largos y el café de la mañana, perdida la vista en la infinitud de la carretera. La amargura emana también de lo inaprensible, de las relaciones efímeras y meramente comerciales entabladas con la gente que va y que viene, peregrinos que arrastran vidas apenas intuidas en los pequeños detalles, en las manchas de grasa de una camisa, o en el diálogo escueto que revela oficios o patrias lejanas.
Sea como fuere, este hombre desapasionado -y brutal-, es el narrador de buena parte de esta nouvelle, casi hasta la mitad, punto donde el lector comenzará a reconocer otras voces, una inesperada polifonía que multiplica perspectivas sobre los hechos y los personajes. Algunos capítulos sostienen un diálogo particular entre sí, retomando frases o pasajes anteriores; una suerte de deja vu o ejercicio anafórico y diestro. La estructura del texto se permite otro imprevisible. Porque si en las primeras páginas, el asesinato de una mucama del hotel conocida como “la uruguaya”, parecía dar con la nota de un claro relato policial, las siguientes hacen añicos esa expectativa, el crimen es apenas un vago telón de fondo. O quizás no tanto. Porque la presencia de un escritor que ha trastornado la vida del dueño del hotel –aunque él lo ignore- reaviva las brasas de la duda, y porque el lector nunca sesga en su intento de aclarar el misterio. Más allá de las cavilaciones, lo cierto es que a partir del crimen, el texto recorre caminos más introspectivos, hurga en la conducta de esos personajes imantados por el hotel del hombrecillo hosco, ahora visto desde otro ángulo de cámara.
Esta opción estructural, donde la historia parece cambiar inesperadamente de rumbo, puede resultar, quizás, algo curiosa. “Una novela escrita a dos manos, con una mano que traiciona permanentemente el hilo de la historia y lo deriva hacia los rincones más oscuros”, reflexiona el escritor inquietante, y quizás quepa en ello alguna lectura entrelíneas. Más allá de ese guiño, fueron sin duda dos las manos que amasaron algunos capítulos finales, uno de ellos dedicado a Álvaro Ojeda, su aparente mentor, y otro claramente a él atribuido, deslizando una nítida complicidad creativa.
Transitando de cabo a rabo la historia, una atmósfera amenazante hace su juego, como una tormenta que se cierne lenta e implacable sobre la planicie. A esa tensión mansa y empecinada, le corresponde una prosa elusiva de ornamentos o prótesis, atributos que no desmienten la admiración de Fontana por la pluma y el pulso carverianos. Esa impronta se extiende a la construcción de los personajes, seres de carne y hueso ocupados en oficios cotidianos, cuando no nimios, soñando sueños pequeños o nulos, transcurriendo sus días a pesar de la vida y sus derrotas, muchas de ellas tramposamente ahogadas en alcohol. Del conjunto, sobresale ese escritor que ha vuelto al hotel para “recuperar un instante”, para “apenas multiplicar las maniobras del olvido”. Un escritor que se sabe sin vigor y sin talento, conciente de que “se escribe para matar al hombre que no quisimos ser, para crear un personaje detestable y enfrentarlo luego a una derrota de la que no se podrá recuperar por el resto de sus días”. Nuevamente, una lectura entrelíneas se hace irresistible.
Perfilando el escenario, el contorno de un espacio inequívocamente asociado al universo simbólico estadounidense, apenas aludido en la referencia a los estados de la Unión, a Daytona o al propio Hoover, a una gasolinera en lugar de “estación de servicio”, a los camiones pesados que recorren las entrañas de la nación arrolladora. La recurrencia a un espacio de acción tantas veces convocado en el cine y la literatura podría resultar una impostura, una prenda a la que se le ven demasiado las costuras, pero no es el caso y cabe agradecerlo. Es probable, en este sentido, que la admiración de Fontana por la narrativa estadounidense se plasme en una historia que no pueda tener mejor escenario que la propia tierra que le dio origen. Quien sabe. Lo que importa es el resultado, el mérito de un texto que se atreve a descolocar al lector, sin ahuyentarlo. El intento de eludir fórmulas y burlar fronteras, operaciones que en literatura son siempre tan subversivas como bienvenidas.
Por Ángeles Blanco, publicado en Semanario Brecha, 26 de febrero de 2010.
el hugo fontana? pero... ese qué va a escribir bien si vivía frente a mi casa, haceme el favor.
ResponderEliminartraté de leer tu comentario pero no lo entendí.
"Lo que importa es el resultado, el mérito de un texto que se atreve a descolocar al lector, sin ahuyentarlo. El intento de eludir fórmulas y burlar fronteras, operaciones que en literatura son siempre tan subversivas como bienvenidas."
bueno, sintetizando, vos seguís buscando o te dedicás a comentar lo que ya encontraste?
besotes.
Hola Daniel, mucho gusto! Qué pena que no hayas entendido... pero bueno, como decía un viejo amigo, "no pretendo ganar un concurso de popularidad", jajaja!!!
ResponderEliminarBueno, como sea, gracias por comunicarte, sos el primer comentarista de este joven blog, así que no te pierdas!
Saludo para ti también, y de psao, explicame el remate de tu mensaje, porque esta vez soy yo la que no entiende. Beso!