
El sublevado, de Helena Corbellini. Editorial Sudamericana, 2009. 293 págs.
La fragua del héroe
Atravesada por el calor idealista y por el vigor de las circunstancias, la vida de Giuseppe Garibaldi bien pudo haber sido imaginada por un guionista cinematográfico. Sus hazañas heroicas, tanto en América como en Europa, su compromiso con la libertad y el don evidente de un físico apolíneo, contribuyeron a cimentar la leyenda de un hombre que representó, como pocos, el más puro ideal romántico revolucionario. Un personaje de estas características es una presa atractiva para cualquier intento de ficción histórica, más allá del posible oximoron que conlleve esa categoría, y siempre y cuando su autor esté decidido a explorar el complejo entramado histórico que lo tuvo como protagonista. El sublevado, de Helena Corbellini, se anima precisamente a ello, a hurgar en los primeros años latinoamericanos del capitán italiano: su adhesión al conflicto de los farrapos de Rio Grande y sus acciones de corsario, su vínculo con la Masonería y su repudio al sometimiento esclavo, y siempre, inclaudicable, su lucha por sembrar la semilla republicana allí donde todavía no hubiera prendido con firmeza. Para trazar ese recorrido, la autora debió acceder a fuentes de ambas márgenes del Atlántico, sirviéndose, ya en el terreno de lo estrictamente literario, de un personaje femenino que compite en protagonismo con el propio Garibaldi. Pandora Santos, tal el nombre de la dama, es una criolla culta y decidida, hija de una chaná timbú y de un capitán portugués, que se transformará en amante y compañera de aventuras del apuesto libertario. Por sus venas corre tinta e imaginería literaria, pero parece nutrirse de una vida real, la de una mujer evocada en las Memorias de Garibaldi como “la Poetisa”.
La acción transcurre entre los años 1836 y 1838, desde la llegada a Brasil de un Garibaldi perseguido de muerte por el rey del Piamonte, hasta el afianzamiento del conflicto entre Oribe y Rivera, antesala funesta de la Guerra Grande. Los ocho capítulos que estructuran el texto están diseñados en base a correspondencias, diarios personales y documentos varios, en parte apócrifos, en parte reales, donde no faltan las voces de los disidentes Luigi Rossetti, Giuseppe Mazzini y Giambattista Cuneo, o la del mismísimo Fructuoso Rivera. Alternando con ellas, las voces de personajes ficticios como El Maltés, ese amigo de las buenas causas que Corbellini retoma de su novela La novia secreta del Corto Maltés. Esa travesura creativa o pura intertextualidad, asoma también en un bello pasaje, cuando Garibaldi da cuenta de una cacería de ballenas en las costas de Maldonado. Una cacería a cargo de un capitán obstinado, que ha sido mutilado por su mastodóntica presa, y que no dudará en perseguirla hasta el último de sus días. Aun prescindiendo de su nombre, Acab, y del de su barco, Pequod, el lector atento ya habrá podido evocar ese coloso literario llamado Moby Dick.
Nombre fuerte y recordable el de Pandora Santos, tanto como su personalidad. Y un nombre de resonancias míticas pero también, etimológicamente, el de alguien que “todo lo da”. En efecto, Pandora es capaz de darlo todo, o mejor aún, de hacerlo todo –incluso lo más repudiable- por su arrebatado sentimiento. Porque con la misma devoción que los santos evocados en su apellido veneran a Dios, ella hará lo propio con su Garibaldi, salvándolo de la muerte y soñándolo premonitoriamente al llegar a las barrancas de San Gregorio, escapando al fuego de cañón. En su morada solitaria, la joven lo agasaja con mate, pan recién horneado y versos que recita en perfecto italiano. A partir de allí los hechos se suceden veloces, y a Pandora no le temblará el pulso para dar muerte por su mano, travestirse de hombre o embarcarse tras los pasos de su amado. Tampoco para olfatear emboscadas, negociar con gobernadores, o coquetear como una Scarlett O’Hara en un baile de sociedad. Esa ductilidad y el despliegue de astucia que la sustenta, alimentan un personaje por momentos algo afectado, pero siempre funcional a un relato que, si bien novela histórica e incluso, romántica, bien puede ser leído como una novela de aventuras. Prueba de ello es el predominio del viaje, de la travesía, y la sucesión de escenarios, desde una cubierta de embarcación corsaria, hasta el ambiente criollo de la buena sociedad entrerriana, o el fragante y colorido Rio de Janeiro del siglo XIX. Vale en esa reconstrucción el cuidado por el detalle, ya en la presencia de Acuña de Figueroa como un flaneur montevideano y excéntrico, ya en la pintura de esa campaña cuya tierra empezaba a ser purpúrea.
El Garibaldi que aflora en estas páginas es un ser apasionado e inquebrantable en sus ideales, dotado para la acción y el liderazgo, e irremediablemente donjuanesco. Un “ángel” noble y algo ingenuo al decir de Pandora, cuya primera incursión por estas tierras –que incluye la tortura en Argentina- representa quizás el descenso o la catábasis necesaria para fraguar el temple de héroe. Se trata en todo caso de un Garibaldi cuya imagen nunca se adosa a la divisa colorada de nuestra incipiente vida política, una asociación recurrente que el texto no ratifica. Y es que, tal como ha comentado la propia autora, distan de ser abundantes las investigaciones locales sobre el famoso libertario, aun cuando haya tomado como propia la defensa de una Montevideo sitiada durante la Guerra Grande, y aun cuando su nombre no haya estado exento de controversia. No deja de ser valioso entonces, aun desde la ficción, el esfuerzo por recuperar su vida y sus acciones, esas que la memoria guarda henchidas de aventura, como toda gesta fundacional, y sin que el apunte implique ofensa o les vaya en desmedro. Hazañas que, con justicia e imperecederamente, lo han legitimado como el “héroe de dos mundos”.
Por Ángeles Blanco, publicado en semanario Brecha, 12 de marzo de 2010.